Fernando Carrillo: de galán de telenovela a villano de caricatura

El sexagenario personaje buscando unos minutos de la fama perdida

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Cuando la edad te juega una mala pasada

Por Paco Tilla – “Nunca quise ser galán de telenovelas”.-

Si creíamos que el género de la telenovela rosa había muerto con los años noventa, estábamos muy equivocados. Fernando Carrillo, otrora “rey del prime time” y hoy autoproclamado porrista oficial de la represión, ha decidido protagonizar el giro de guion más bizarro, cínico y, francamente, indigesto de la historia del espectáculo.

Lo de Carrillo ya no es falta de talento; es un clínic avanzado de insensibilidad. Mientras el pueblo venezolano sobrevive a una crisis que no entiende de filtros de Instagram, él se pasea por las redes sociales como si viviera en una burbuja de helio, flotando por encima del hambre y el éxodo. Es el único actor que logró pasar de ser el “galán que todas querían” al “personaje que nadie puede ver sin sentir un poquito de vergüenza ajena”.

El “Gran Amor” (o el Gran Estómago) de 2026

Delcy “Cacatúa” Rodríguez

Pero el clímax de su desvarío llegó este enero de 2026. En una revelación que ni el guionista más febril de Abigaíl se habría atrevido a escribir, Carrillo confesó que el “gran amor de su vida” es Delcy Rodríguez. Sí, leyeron bien. Según Fernando, mantuvo un idilio de tres años con la presidenta del régimen.

Hay que reconocerle una cosa: tiene un estómago de acero. No solo por el romance en sí, sino por la capacidad de mirar a los ojos a la “Cacatúa” mientras el resto del país cuenta los centavos para comprar harina. Pasar de Catherine Fulop —a quien, por cierto, sigue atacando con una caballerosidad digna de un troll de caverna— a este nuevo “idilio bolivariano” no es una evolución, es una caída libre sin paracaídas.

La mediocridad como bandera

Es triste ver a un hombre que alguna vez tuvo el cariño del continente convertido en un bufón de palacio. Su defensa a ultranza de un régimen brutal no es convicción política; huele más a esa desesperación del actor olvidado que busca desesperadamente un foco, aunque ese foco sea el de un interrogatorio o el de una tarima oficialista.

Ofender a una mujer como Fulop demuestra su talla humana; defender a una dictadura demuestra su talla moral. Al final, Fernando Carrillo ha logrado lo que nunca pudo con su actuación: que todo el mundo hable de él, aunque sea para preguntarse en qué momento se le rompió la brújula, el gusto y la vergüenza.

De la cuna de oro a la carpa del régimen

Se suele decir que un actor de calidad viene desde la cuna, pero Fernando nos ha demostrado que la payasada también puede ser genética o, al menos, una vocación tardía muy mal ejecutada. Es fascinante —y aterrador— ver cómo alguien que creció con todas las herramientas para ser un referente de la cultura, decidió jubilarse como el arlequín de Miraflores.

El problema de Carrillo no es que haya decidido ser un payaso; el problema es que ni siquiera es un payaso gracioso. Es de esos que dan miedo, de los que aparecen en las películas de terror ignorando el drama ajeno. Mientras el venezolano de a pie hace malabares para comer, él hace malabares con la moral para justificar lo injustificable.

Venezuela sufre, pero Fernando “ama”. Venezuela llora, pero Fernando posa. Al cierre de esta edición, seguimos esperando que alguien le avise que el director ya gritó “¡Corte!”, aunque me temo que él decidió quedarse a vivir en el set más oscuro de la historia venezolana.

2 Comentarios

  1. ¡Hay que tener estómago para comerse a la cacatúa!. Un pobre personaje en el ocaso. Más ordinario no se consigue!!!

  2. El tipo este no tiene códigos ni hombría. Amenazar a Catherine Fulop demuestra su bajeza moral.

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