Por Paco Tilla.-
Buenos Aires, 35 grados a la sombra. El asfalto porteño no solo desprende calor, sino que parece estar cocinando a fuego lento la paciencia de cualquier mortal. En medio de ese desierto de cemento, donde los taxis libres son más escasos que una oferta de asado barato, divisamos la salvación: un techo amarillo y negro que brillaba bajo el sol como un oasis. Lo que no sabíamos es que, al abrir la puerta, no estábamos entrando a un vehículo, sino a una unidad básica rodante.
Dos pasajeros, un destino y una encrucijada política
Apenas logramos acomodarnos en el asiento trasero, nos encontramos cara a cara con la “bienvenida”. No era un folleto de teatros de la calle Corrientes, ni el código QR de una billetera virtual. Colgado del apoyacabezas, un cartel laminado nos lanzaba una pregunta que cortaba el aire más que el aire acondicionado (que, por cierto, brillaba por su ausencia): “¿Quién mandó a matar a Cristina?”.
En ese momento este equipo periodístico entendió que el viaje no sería solo un traslado del punto A al punto B, sino un seminario intensivo de geopolítica de barrio. El cartel, con una tipografía digna de un “Se Busca” del lejano oeste, exigía respuestas sobre los autores intelectuales y los financistas del atentado. Nosotros, que solo queríamos llegar a la entrevista periodística sin parecer helados derretidos, optamos por la técnica más antigua del mundo: la mudez diplomática.
El silencio de los inocentes
Como extranjeros, uno aprende rápido que en Argentina hablar de política en un taxi es como jugar al Jenga en un terremoto: en cualquier momento todo se viene abajo. Lo curioso fue que el chofer, el guardián de este templo militante, no emitió palabra.
Imaginé los duelos verbales que deben ocurrir en ese habitáculo. ¿Qué pasará cuando sube un opositor de pura cepa? ¿El taxista le cobra recargo por “daño ideológico”? ¿O acaso el pasajero le pide que baje la ventanilla para que entre un poco de “aire republicano”? Es un misterio que solo el taxímetro conoce.
La despedida: un plot twist de chapa y pintura
Al llegar a destino y pagar la tarifa (que, por suerte, no incluía una afiliación partidaria), pensamos que la experiencia había terminado. Pero el Gran Buenos Aires siempre tiene un último acto. Al bajar y ver el taxi alejarse, notamos que la parte trasera lucía un enorme cartel adhesivo que sentenciaba: “CFK es inocente”.
Caminamos hacia el lugar de la entrevista pensando que, en esta ciudad, hasta los amortiguadores tienen opinión política. Me quedó claro que en un taxi porteño podés olvidarte el celular, la billetera o el paraguas, pero lo que jamás vas a dejar de llevarte es una dosis gratuita de la “grieta” argentina, presentada con el mejor diseño gráfico de una imprenta de confianza.











