​La soberanía de papel: la farsa del “No a la Injerencia” en Venezuela

Esos países que hoy callan ante los 32 féretros con agentes cubanos que regresan a La Habana son cómplices de un doble discurso cínico. No les molesta la injerencia; les molesta quién la ejerce. Para ellos, una bota extranjera solo es opresora si viene del norte, pero es "hermanamiento" si viene de una dictadura caribeña con intereses económicos en el petróleo venezolano

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​La reciente confirmación por parte de La Habana sobre la muerte de 32 agentes cubanos durante la operación de captura de Nicolás Maduro no solo es una noticia fúnebre; es la lápida de un relato hipócrita que ha sostenido al régimen chavista durante décadas.

Durante años, el coro de países aliados y sectores de la izquierda internacional han denunciado cualquier presión externa sobre Venezuela como una “injerencia imperialista intolerable”. Sin embargo, ante la evidencia de que el primer anillo de seguridad de un presidente venezolano estaba compuesto —y defendido hasta la muerte— por militares extranjeros, el silencio de esos mismos sectores es ensordecedor.

​Un doble rasero ético y político

​Resulta fascinante, en el sentido más macabro de la palabra, observar cómo se flexiona el concepto de soberanía según quién sea el que cruza la frontera. Para los defensores del status quo madurista:
​Si una coalición internacional pide elecciones libres, es “injerencia”.
​Si se imponen sanciones para frenar la corrupción, es “atentado a la autodeterminación”.
​Pero si 32 oficiales del G2 y las FAR cubanas mueren empuñando fusiles en Caracas para proteger a un dictador, eso es “solidaridad internacionalista”.

¿En qué momento la seguridad nacional de un país dejó de pertenecer a sus propias instituciones para ser subcontratada a una potencia extranjera? La muerte de estos agentes —coroneles, mayores y capitanes cubanos— confirma lo que por años fue denunciado por la inteligencia democrática: Maduro no confiaba en sus propios soldados venezolanos. Su vida dependía de un protectorado cubano.

​La injerencia que sí se tolera

​La retórica del “no a la intervención” ha sido el escudo perfecto para permitir una intervención silenciosa y estructural. Mientras se llenaban la boca hablando de la doctrina Bolívar y la independencia, permitieron que agentes de inteligencia de la isla se incrustaran en los registros notariales, en los cuarteles y, como hoy vemos con trágica claridad, en el palacio presidencial.

​Esos países que hoy callan ante los 32 féretros que regresan a La Habana son cómplices de un doble discurso cínico. No les molesta la injerencia; les molesta quién la ejerce. Para ellos, una bota extranjera solo es opresora si viene del norte, pero es “hermanamiento” si viene de una dictadura caribeña con intereses económicos en el petróleo venezolano.

​El despertar de una realidad incómoda

​La caída de Maduro y el sacrificio de estos 32 hombres dejan al descubierto la fragilidad de un régimen que hablaba de “pueblo en armas” pero se rodeaba de pretorianos extranjeros. Criticar la intervención de unos mientras se ignora la ocupación de otros no es defender el derecho internacional; es, simplemente, propaganda.

​La pregunta que queda para la historia es: ¿Cómo pueden estos países seguir hablando de soberanía venezolana cuando la guardia personal del mandatario no juraba lealtad a la bandera de las ocho estrellas, sino a las órdenes de una oficina en La Habana?