Victoria Villarruel llegó a la vicepresidencia de la Argentina gracias a Javier Milei. No hay discusión posible: sin el empuje del libertario, sin su carisma y sin su capacidad para romper el tablero político, Villarruel seguiría siendo una figura marginal, conocida apenas en nichos reducidos.
Milei confió en ella cuando nadie lo hacía, la eligió como compañera de fórmula y la llevó a la cima. Pero hoy, esa confianza parece haber sido devuelta con la peor moneda: la soberbia y la traición.
En los pasillos del Senado se comenta lo que ya es evidente: Villarruel se la creyó. Pasó de ser “la nada” a imaginarse “el todo”.
Empezó a moverse como si fuera la dueña del poder, negociando por su cuenta, tejiendo acuerdos que no responden al proyecto que la llevó al gobierno, sino a su ambición personal. ¿El ejemplo más claro? Su acercamiento al kirchnerismo, ese mismo espacio que durante años criticó con dureza. Reuniones con con el ultrakirchnerista José Mayans, gestos conciliadores y hasta la inauguración de un busto de Isabel Perón, la misma a la que antes pedía cárcel. ¿Coherencia? Ninguna. ¿Oportunismo? Total
Villarruel no solo desafía la autoridad del presidente, sino que juega un papel peligroso: el de la interna destructiva. Mientras Milei enfrenta el desafío titánico de ordenar una economía devastada, su vicepresidenta parece más preocupada por posicionarse como “la alternativa” en caso de que el gobierno tropiece. ¿Qué clase de lealtad es esa? ¿Qué clase de dirigente conspira contra quien le dio todo?
El kirchnerismo, astuto, la usa como pieza para debilitar al oficialismo. Y ella, lejos de resistir, se presta al juego. ¿Por qué? Porque sueña con la banda presidencial. Pero la historia argentina es clara: quienes se enceguecen por el poder terminan aislados y derrotados. Villarruel debería recordar que no ganó por sí misma, que no tiene estructura propia y que su capital político se lo debe a Milei. Sin él, no sería vicepresidenta. Sin él, no sería nada.
Ahora, en su ambición, se imagina colocándose la banda presidencial operando contra la mano que la alimentó.
Hoy, la pregunta es brutal: ¿estamos ante una líder emergente o ante una traidora que, cegada por la ambición, está cavando su propia tumba política? Si sigue por este camino, la respuesta será evidente. Y será su peor derrota.













