Por Fernando Portillo.-
Como todo niño, soñaba con cosas inalcanzables en un hogar constituido por mis padres y seis hermanos. Mi viejo Luis Fernando empleado y Mabel mi mamá ama de casa, si bien las necesidades básicas eran cubiertas, nunca tuvimos más que lo necesario, a veces menos.
Había algunas excepciones en lo que tiene que ver con gastos en nuestra familia, un par de idas al año al Parque Rodó y los regalos que los Reyes Magos nos dejaban cada seis de enero, todos los años de nuestra infancia.
Nosotros seis creíamos ciegamente en la existencia de los Reyes, recuerdo las discusiones y peleas con mis amigos del barrio y el colegio que manifestaban que eran los padres. Mi prueba irrefutable y la de mis hermanos era que mis padres no podían pagar los regalos que recibíamos.
A los nueve años les pedí en mi carta algo imposible, una bicicleta de color azul calipso; increíblemente sobre mis zapatos Incalcuer acordonados, con un agujerito en la zuela del zapato derecho, el día de Reyes sobre los mismos estaba mi bicicleta soñada de color calipso, con puños y cubiertas en sus ruedas de color blanco; ni yo ni mis vecinos que nos juntábamos en la vereda con los regalos recibidos en dichas ocasiones podíamos creer que hubiere una Chiva mejor.
Aprendí a andar en bicicleta ese mismo día, raspones y moretones eran condecoraciones, no había dolor, solo satisfacción y orgullo al poder llegar a dominarla, a lo lejos escuchaba la voz de Luis Fernando que me decía: ¨andá despacioooo Fer…¨
Creo no, sé que fue el regalo más importante que recibí en mi juventud, me dio libertad, velocidad, autonomía, a escondidas daba vueltas por las calles del barrio. Fue mi compañera inseparable durante varios años hasta que me quedó chica y ya no la podía usar.
Crecí mucho físicamente y ya en el liceo mis actividades eran otras, dos por tres la veía en el galpón del fondo de mi casa, la miraba con cariño, sé que fue mi primer amor.
Se cuenta que en China las chivas fueron definidas como “un pequeño caballo al que se conduce por las orejas y al que se le hace correr dándole patadas en el vientre”.
Los franceses de cierta edad llaman a la bici “la petite reine”, un nombre más que cariñoso. Por supuesto que tiene infinidad de denominaciones en diferentes países.
Durante mis estudios secundarios en el Colegio Pio, Miguel, uno de mis compañeros me invitó a estudiar a su casa en la zona del Prado de Montevideo, yo vivía relativamente cerca por lo que fui caminando, lo que me llevo una media hora de marcha pues no tenía un mango.
Cuando me estaba retirando de su casa me muestra en el garaje dos bicicletas profesionales de carrera italianas con cambios, una azul que era de su padre y otra roja que era la suya, impecables, realmente un sueño.
Y en un impulso estúpido e incomprensible, ese que aparece sin pensarlo de vez en cuando, le mangueé a Miguel su bicicleta colorada e italiana, quien me dijo que el padre no lo dejaba prestarla, porque eran muy caras, pero que como estaba de viaje si se la devolvía al otro día la podía llevar, ¨por favor, tené cuidado porque es muy delicada…¨me dijo.
La colorada tenía un andar fabuloso, recordé a mi color calipso que me habían regalado los Reyes Magos, con dificultad colocaba los cambios y las calles empinadas del camino no las sentía gracias a su acción, pero, siempre hay un pero, en un instante bajé la vista para mirar los cambios, se desvió la ¨tana¨ y terminé chocando su rueda delantera contra el cordón de la vereda de la esquina de las calles Pena y Rafo, con tanta mala suerte que la horquilla se quebró.
Mi corazón se paralizó, un sudor frio envolvió mi cuerpo, mil pensamientos locos a borbotones me preguntaban: como repararla, con que plata, donde y allí quede paralizado mirando el cadáver de la italiana pelirroja partida en dos…
Aunque no lo crean en esa esquina sobre Raffo rumbo a Millán había un tallercito de reparación de bicicletas, lo atendía un hombre mayor canoso y corpulento que se acercó a mí y se puso a revisar los restos, movía la cabeza como sin poder creerlo y me repetía: ¨que cagada pibe…..¨; desesperado le pregunté si la podía reparar y me dijo que era casi imposible, le imploré y se ve que al verme la cara de terror al borde de las lágrimas se apiadó y me dijo: ¨dejámela y volvé mañana…no va a quedar bien…¨. ¿Cuánto me va a cobrar?, “mañana hablamos¨, me respondió.
Por supuesto que esa noche no dormí, cuando llegué al taller de lejos la vi, estaba erguida, parecía sana, la magia que supliqué se cumpliera estando despierto y en sueños para su reparación, quizás había dado resultado, pero al verla de cerca noté que su maquillaje estaba corrido, manchas negras de soldadura la decoraban, que macana!!!
El hombre del taller no me quiso cobrar, igual no tenía con que hacerlo, la tome delicadamente del manillar y el asiento y así fui caminando junto a ella hasta la casa de mi compañero, pensé una y mil veces que le iba a decir, llegue, hablamos, lo noté un poco pálido y vi cómo le temblaba el labio inferior, solo atinó a decirme: ¨mañana vení a hablar con mi padre¨.
Al otro día fui a ver al Padre de Miguel, le expliqué todo detalladamente, pensando que me podría comprender, pero la cara del hombre nunca vario su expresión desde que llegue a su casa, odio y repugnancia a la vez, algo así como si estuviera pisando la mierda de un perro estando descalzo. No emitió palabra ni sonido alguno, cuando terminé de hablar se fue y me fui dando lástima.
Me sentía avergonzado, desilusionado, tanto como cuando mi viejo me llevo a tomar un refresco a un bar cerca de su lugar de trabajo en la Ciudad Vieja, algo no habitual, para explicarme que los Reyes eran los padres. Yo tendría unos once años o más, se ve que me vio tan pelotudo que me lo tuvo que explicar de esa manera y además que mis hermanos más chicos no se enteraran, yo era el mayor.
Nunca más anduve en bicicleta.













