Hay niveles de cinismo que la política, por muy degradada que esté, no debería permitirse. Pero José Luis Rodríguez Zapatero ha decidido romper todos los registros. Sus recientes declaraciones, en las que se jacta de su “amistad personal” con Delcy Rodríguez, no son solo un insulto a los millones de venezolanos que han huido del hambre y las balas; son la confesión de parte de quien ha decidido ser el relaciones públicas de una estructura criminal.
Los hermanos Rodríguez: los rostros de la infamia
Zapatero intenta vender un cuento de hadas perverso: que los hermanos Rodríguez, Delcy y Jorge, son poco menos que “moderados” que intentan frenar la represión desde dentro. Es una mentira monumental. Delcy Rodríguez, hoy “presidenta encargada” tras la detención de Maduro, no es una víctima de las circunstancias. Es la arquitecta de la ingeniería jurídica que permitió el saqueo del país y la persecución de la disidencia.
Jorge Rodríguez ha sido el gran manipulador de las “mesas de diálogo”, esas trampas de tiempo que Zapatero ayudó a construir para que el régimen se atornillara mientras la oposición era diezmada.
Llamar “amiga” a quien ha sido pieza clave en un sistema que la ONU señala por crímenes de lesa humanidad es, sencillamente, miserable.
Zapatero, el lavador de cara oficial
Durante años, Zapatero no fue un mediador; fue un escudo humano diplomático. Cada vez que el régimen de Maduro estaba contra las cuerdas, aparecía el expresidente español con su discurso de “paz y diálogo” para darle oxígeno al dictador.
Hoy, con Maduro enfrentando a la justicia en Nueva York, Zapatero intenta un equilibrismo imposible: reconocer que hay represión para salvar algo de su maltrecha credibilidad, pero exculpando a sus “amigos”. Es el comportamiento de un sirviente político que busca reciclarse en el nuevo orden que intentan imponer los Rodríguez: un “madurismo sin Maduro” que garantice la impunidad de los mismos verdugos.
Una mancha indeleble
La historia recordará a Zapatero no como un hombre de paz, sino como el aliado necesario de una de las tiranías más crueles de América Latina. Su cinismo no es un error de cálculo, es una opción deliberada. Mientras él disfruta de los privilegios que le otorga su cercanía al poder en Caracas, los venezolanos siguen contando presos políticos y enterrando a sus muertos.
En el tablero de la política mundial, hay personajes oscuros, pero lo de Zapatero roza lo patológico. Defender la amistad con quienes han ejecutado el terror es, en última instancia, convertirse en cómplice de cada latigazo, de cada celda y de cada exilio.













