La diplomacia regional ha sido testigo de un gesto que dista mucho de la “fraternidad latinoamericana” que tanto pregona el Palacio del Planalto. La decisión del octogenario Luiz Inácio Lula da Silva de ausentarse de la toma de posesión de José Antonio Kast en Chile no es solo un desplante protocolar; es un síntoma preocupante de una visión ideológica que parece nublada por los años y el sectarismo.
El fantasma de la oposición
Resulta difícil ignorar que el detonante de esta rabieta diplomática fue la presencia de Flávio Bolsonaro. El senador brasileño, quien hoy lidera las encuestas y se perfila como el verdugo electoral de un Lula desgastado, parece haber provocado un cortocircuito en la agenda del mandatario.
La lectura es inevitable: el líder del PT no tolera la convivencia con quienes representan su alternativa política, ni en casa ni en el vecindario. Como bien señaló Flávio Bolsonaro en una reciente entrevista con la cadena Band: “Lula no consigue convivir con quien piensa diferente. Su decisión de cancelar el viaje a Chile refleja odio”, explicó el senador Bolsonaro y agregó: “Él (Lula) prefiere aproximarse de países donde hay grupos terroristas dominando, prefiere participar en solemnidades donde jefes de países no respetan los derechos humanos”, aseveró.
Doble vara y malas compañías
Lo más alarmante de esta “rabia” diplomática es la asimetría moral que demuestra. Mientras Lula le da la espalda a una democracia vibrante como la chilena por el simple hecho de haber elegido a un candidato de derecha, no tiene reparos en estrechar manos con regímenes cuestionables. No debemos olvidar que Lula, junto a Fidel Castro fueron los fundadores del Foro de Sao Paulo, organismo reconocido por su falta de apego a la democracia.
La crítica de la oposición brasileña es mordaz pero certera contra Lula:
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Afinidad con el extremismo: Se le cuestiona una peligrosa proximidad con naciones donde grupos radicales ejercen el control.
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Desprecio por los derechos humanos: Se critica su participación en actos de mandatarios que ignoran las libertades básicas, contrastando con su dureza frente a democracias liberales que critican su postura sobre conflictos en Irán o Palestina.
Un liderazgo en declive
A su avanzada edad, Lula parece haber perdido la capacidad de ejercer como el “estadista conciliador” que alguna vez pretendió ser. En lugar de eso, vemos a un dirigente que prefiere el aislamiento antes que el diálogo con la diferencia. Si un presidente no puede compartir un espacio democrático con un opositor o un homólogo de otra tendencia sin sentirse amenazado, el problema no es el protocolo, sino su propia salud democrática.
Chile inicia una nueva etapa con Kast; Brasil, por su parte, parece estancado en un pasado de resentimiento que Lula, en su senilidad política, se niega a soltar.













