La democracia española se desliza por una pendiente peligrosa donde los extremos, lejos de ser la solución, se han convertido en el principal factor de erosión institucional. En este escenario, la figura de Santiago Abascal y Vox emerge no como un baluarte de valores, sino como una fuerza absolutista cuya fiabilidad es, hoy más que nunca, papel mojado.
Los extremos se tocan: la pinza del radicalismo
Existe una verdad incómoda que tanto la izquierda como la derecha radical intentan ocultar: los absolutistas son iguales de peligrosos, sin importar el carné que porten. No hay diferencia moral ni estratégica entre el bloqueo sistemático de Vox y el chantaje constante de partidos como Bildu, ERC o Junts.
Aunque Abascal se envuelva en la bandera para diferenciarse de los aliados de Pedro Sánchez, sus métodos son un calco de aquellos a quienes dice combatir. Ambos bandos utilizan la política del “todo o nada”, el desprecio por el consenso y la polarización como combustible para su propia supervivencia. Al final del día, Vox y el separatismo son dos caras de la misma moneda: la que busca fracturar la convivencia para reinar sobre las cenizas.
El chantaje de Abascal en Extremadura: la máscara caída
¿Hasta dónde es fiable alguien que, por una cuota de poder o un sillón ministerial, es capaz de dinamitar un gobierno de cambio? Lo ocurrido con la investidura de María Guardiola en Extremadura fue el acta de defunción de la supuesta “responsabilidad de Estado” de Vox.
Ver a los de Abascal votando de la mano con la izquierda contra el PP no fue un acto de coherencia ideológica, fue un chantaje en toda regla. Es la táctica de la extrema derecha: si no controlan el timón, prefieren que el barco naufrague. Esta actitud revela que para Vox, el objetivo no es desbancar las políticas que critican, sino imponer un absolutismo que no admite matices ni pactos razonables.
El vicesecretario de Política Autonómica y Municipal y Análisis Electoral del PP, Elías Bendodo, reprocha a Vox que una sus votos al PSOE y Podemos en Extremadura para no apoyar la investidura de María Guardiola. “Vox tiene que entender que los partidos políticos estamos obligados a cumplir el mandato de los ciudadanos”, añade.
Se muestra convencido de que los votantes de Vox querían un gobierno juntos. “Los ciudadanos en Extremadura y en Aragón quieren que nos pongamos de acuerdo para gobernar juntos. Y eso es la propuesta que ha hecho el Partido Popular, de integración, de un gobierno juntos”.
Pide al partido de Abascal que explique a sus votantes “por qué no entra en un gobierno y apoya la creación de un gobierno en Extremadura que no les ha votado en las urnas”. “Tiene que dar explicaciones a sus votantes”, afirma.
Por su parte, el candidato perdedor de Vox en Extremadura, Óscar Fernández Calle, busca unos minutos de fama al señalar: «Nosotros no vamos a fallar a los extremeños», pero vota junto a PSOE y Podemos.
Conclusión: el peligro del absolutismo
Santiago Abascal ha convertido a su partido en un obstáculo para la alternancia real. La fiabilidad de Vox es nula cuando sus intereses partidistas pasan por encima de la estabilidad de las instituciones. Una democracia no puede permitirse ser rehén de quienes, desde la derecha o la izquierda, utilizan el chantaje como única forma de diálogo.
Si Vox sigue el camino de la intransigencia y el bloqueo, terminará siendo recordado no como la salvación de nada, sino como el aliado útil de todo lo que prometió destruir. Los extremos nunca construyen; solo consumen lo que otros han levantado.












