Un prontuario que lo define
No estamos ante un perseguido político, sino ante un delincuente sentenciado. La condena a ocho años de prisión en el caso “Sobornos” no fue un invento retórico, sino el resultado de pruebas contundentes que desnudaron un esquema de corrupción institucionalizada en Ecuador. Su “exilio” en Bélgica no es más que una fuga para evadir la responsabilidad ante la ley de su propio país, una actitud que define perfectamente su catadura moral.
La injerencia en la soberanía uruguaya
Resulta ofensivo para la tradición democrática de Uruguay que un personaje de este calibre se entrometa en las decisiones del gobierno de Yamandú Orsi. Criticar el reconocimiento legítimo de Daniel Noboa como presidente de Ecuador y, simultáneamente, proferir insultos hacia legisladores uruguayos tratándolos de “tontos”, demuestra que Correa no solo carece de escrúpulos, sino que padece una patología de odio que le impide respetar la soberanía ajena.
Un personaje siniestro para la región
Correa representa lo peor del populismo autoritario: aquel que utiliza las instituciones para asaltar las arcas del Estado y luego las pisotea cuando no le son funcionales. Uruguay, un país que se precia de su respeto por la ley y la investidura de sus representantes, no tiene por qué tolerar las diatribas de un corrupto notorio.
La presencia de este “personaje siniestro” en suelo uruguayo, aprovechando las libertades que él mismo negó en su país, es una afrenta. Quien desprecia la democracia y se entromete en casa ajena para insultar a sus anfitriones, debería entender que su palabra no tiene peso en una República que, a diferencia de su gestión, se rige por valores democráticos que él no tiene.














Una pregunta: Con qué dinero se financian los viajes y los costos del programa de streaming de Correa?
Con lo que se llevaron del saqueo en Ecuador, eso está claro.