Al pie de la sierra, la pintura

Café con Trazos sigue recorriendo el país. Esta vez el camino nos llevó a Finca Piedra, en Mal Abrigo, departamento de San José

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Pablo Echeverría junto a Juan Carlos Barreto de ICN Diario

Café con Trazos por Juan Carlos Barreto.-

Finca Piedra es un emprendimiento turístico con viña y bodega propia, un espacio con
raíces francesas donde el vino se produce allí mismo y el paisaje forma parte de la
experiencia. No es una sala blanca ni un museo formal. Es madera, piedra, campo
abierto y conversación alrededor de una mesa.

En ese marco se presentó la muestra de Pablo Echeverría.

La obra, que viene circulando por el interior —Mercedes, Ismael Cortinas— encontró
aquí otro tono. Pocas piezas, bien elegidas, colgadas sin exceso. La escala del lugar
permitió mirar sin apuro.

Echeverría nació en Mercedes. Es admirador de la obra de su coterráneo Carlos Federico
Sáez. Esa referencia aparece como parte de su identidad, no como comparación ni como
peso histórico, sino como reconocimiento a una raíz común.

En los últimos años su pintura ha tenido recorrido internacional. Expuso en India,
participó en instancias culturales de proyección global y llevó su obra a distintos países
fuera de Uruguay. Ha mostrado su trabajo en otros contextos y ante otros públicos. Eso
no lo convierte en un artista distinto cuando vuelve al interior; lo vuelve más consciente
de su propio lenguaje.

Porque su pintura tiene un lenguaje claro.

Se entra por el trazo. Líneas que avanzan con decisión, que se cruzan, que arman
estructura. No están ahí para decorar. Construyen el plano. El color aparece con
presencia: azules intensos, rojos que empujan la superficie, planos superpuestos que
generan profundidad sin necesidad de relato figurativo. No hay escena ilustrativa. Hay
composición.

La textura deja ver el proceso. Se perciben capas, correcciones, superposiciones. La
superficie no está cerrada; conserva la memoria del hacer. Eso le da cuerpo a la obra.
Echeverría es también músico y comunicador. Y ese cruce se siente.

Al igual que en la música hay ritmos y silencios, en sus cuadros hay momentos donde el
trazo concentra energía y otros donde la mirada puede descansar. No todo está cargado.
Hay pausa. Esa pausa sostiene la intensidad.

También se advierte una relación con el diseño en la forma de ordenar el espacio. Hay
equilibrio. Hay tensión medida. Cada elemento parece ocupar un lugar pensado dentro
del conjunto. No hay desorden caprichoso ni improvisación descontrolada. Hay decisión.

La muestra en Finca Piedra tuvo un rasgo que vale la pena señalar: el artista estuvo
presente. No hubo distancia ni ceremonia innecesaria. Hubo diálogo. Conversación
directa frente a cada obra. Preguntas que surgían mientras se miraba el cuadro, no
después.

Eso cambia la experiencia. Porque el encuentro no se dio solo con la pintura, sino
también con quien la hace.

El entorno ayudó. Una copa del vino producido en la propia finca, un café servido sin
protocolo, el campo extendido alrededor. La sierra ahí, sin imponerse. La pintura colgada
con sobriedad.

Echeverría ha mostrado su obra lejos. En otros países, en otros contextos.

Esta vez la mostró acá, en Mal Abrigo.
No hubo protocolo ni discurso armado.
Hubo gente alrededor de los cuadros.
Hubo tiempo.

Se habló de pintura mirando la pintura.
Eso alcanza.

Al final quedó el encuentro.
Con el amigo.
Con el colega.
Con alguien coherente con lo que hace y con lo que transmite.

Y desde la sierra, quedó claro que la obra no termina allí.
Tiene y mantiene su aire itinerante.

Hasta el próximo café.