Mercenario de la tiranía: El oscuro papel de Zapatero en el Miraflores de los Rodríguez

No nos engañemos: Zapatero no está en Venezuela por vocación humanista ni por un desvelo democrático que jamás ha tenido. Está allí porque es un asalariado histórico del chavismo, un lobista de lujo que ha canjeado su prestigio institucional por la nómina de una dictadura que hambrea a su pueblo

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​El cinismo tiene nombre y apellido: José Luis Rodríguez Zapatero. El pasado viernes 6 de febrero, las alfombras del Palacio de Miraflores volvieron a recibir al que ya es, sin lugar a dudas, el personaje más nefasto y oscuro de la política internacional en suelo venezolano. Bajo el amparo de la “Presidenta encargada” (y arquitecta del control social), Delcy Rodríguez, Zapatero ha vuelto a desplegar el libreto de una farsa llamada “diálogo”.

No nos engañemos: Zapatero no está en Venezuela por vocación humanista ni por un desvelo democrático que jamás ha tenido. Está allí porque es un asalariado histórico del chavismo, un lobista de lujo que ha canjeado su prestigio institucional por la nómina de una dictadura que hambrea a su pueblo.

​De Chávez a los Rodríguez: Una nómina ininterrumpida

​Lo que el régimen intenta vender como “Diplomacia de Paz” es, en realidad, una operación de lavado de cara criminal. Zapatero ha pasado de ser un expresidente de España a convertirse en el empleado de confianza de los hermanos Rodríguez. Si antes servía a Chávez y luego a Maduro, hoy es el peón estratégico de Delcy y Jorge, los rostros de una represión que Zapatero se encarga de edulcorar ante el mundo.

Su función es tan predecible como asquerosa: Oxigenar al régimen cuando las sanciones aprietan.

​Simular mesas de negociación que solo sirven para que la tiranía gane tiempo y perpetúe su saqueo.

El repudio de un pueblo que no olvida

Mientras el expresidente español se fotografía sonriente junto a Delcy Rodríguez hablando de “convivencia democrática”, el pueblo de Venezuela observa con asco. Para el ciudadano de a pie, Zapatero no es un mediador; es un cómplice necesario. Su presencia es una bofetada a las víctimas de la persecución y un insulto a la soberanía nacional.

​La “convivencia” de la que habla Zapatero no incluye al venezolano común; es la convivencia entre el verdugo y su cómplice internacional. Es la paz de los cementerios y el silencio de los sometidos.

​El fin de la máscara

​Ya no hay lugar para la duda: José Luis Rodríguez Zapatero es una pieza fundamental del engranaje de poder en Venezuela. Sus viajes no son misiones de paz, son visitas de negocios. Cada palabra suya a favor de la “estabilidad de la República” es un clavo más en el ataúd de la libertad venezolana, pagado con los recursos que deberían ir a hospitales y escuelas.

Venezuela no necesita “facilitadores” con precio; necesita que personajes como Zapatero salgan definitivamente de la escena política para que la justicia pueda, por fin, entrar.