El triunfo de lo vulgar: ¿Es Bad Bunny música o simplemente ruido rentable?

"Algo profundamente extraño sucede en nuestra psique colectiva cuando confundimos la ubicuidad con la grandeza. No es que no podamos explicar su éxito; es que nos da miedo admitir que el gusto popular ha tocado fondo"

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Bad Bunny - Imagen video

La reciente coronación de Bad Bunny en los Grammy no es un triunfo para el arte; es el acta de defunción de la excelencia musical. Mientras las plataformas de streaming escupen cifras de reproducciones que marean, nos enfrentamos a una realidad amarga: la cantidad ha devorado a la calidad. El éxito del puertorriqueño no es un fenómeno musical, es un síntoma del deterioro cultural de una sociedad que ha olvidado cómo escuchar.

El algoritmo de la mediocridad

Lo que Bad Bunny ofrece no es composición, es una fórmula. Un estilo monótono, repetitivo y saturado de efectos que intenta ocultar una carencia absoluta de talento vocal. Es el triunfo del “mínimo esfuerzo”: letras que rozan lo básico y ritmos que se calcan unos a otros.

  • El eclipse de los verdaderos artistas: Resulta ofensivo que intérpretes con décadas de estudio, que dominan instrumentos y poseen registros vocales prodigiosos, sean relegados al olvido mediático por un personaje que apenas articula.

  • La estética sobre la acústica: No estamos ante un músico, sino ante un producto de marketing perfecto que vende una actitud, no una melodía.

Un vacío que asusta

Que Bad Bunny sea hoy el referente de “buena música” nos deja desarmados. ¿Es este el legado que dejaremos? ¿Una colección de frases machaconas y bases prefabricadas frente a las grandes obras maestras del pasado y las joyas ocultas del presente?

“Algo profundamente extraño sucede en nuestra psique colectiva cuando confundimos la ubicuidad con la grandeza. No es que no podamos explicar su éxito; es que nos da miedo admitir que el gusto popular ha tocado fondo”

¿El fin de la era de los grandes?

Si permitimos que este modelo sea el que prevalezca, estamos condenando a las futuras generaciones a una dieta de “comida chatarra” auditiva. Bad Bunny no es el sucesor de los grandes intérpretes; es el intruso que, aprovechando la distracción de una audiencia adicta al contenido efímero, se ha sentado en un trono que le queda inmenso. La música merece respeto, y lo que ocurre hoy en las listas de éxitos es, sencillamente, una falta de respeto al arte.