El dilema de la ONU: ¿Liderazgo técnico o militancia política en la elección del próximo Secretario General del organismo?

¿Puede alguien con un historial de concesiones ideológicas sentarse a negociar con las potencias del Consejo de Seguridad sin ser vista como una ficha de parte?

0
1
Sede de la ONU en Nueva York

La carrera por la sucesión de António Guterres ha comenzado, y con ella, el eterno debate sobre qué necesita realmente el organismo más importante del mundo. En los pasillos de Nueva York ya resuenan tres nombres con fuerza propia, todos provenientes de una América Latina que reclama su turno: Rafael Grossi, Rebeca Grynspan y Michelle Bachelet. Sin embargo, es esta última quien ha encendido las alarmas entre analistas y diplomáticos por una razón que no es nueva, pero sí determinante: su marcada carga ideológica.

El peso de la balanza

La figura del Secretario General de la ONU exige, casi por definición, una neutralidad quirúrgica. Debe ser el árbitro en un mundo fracturado. Y es aquí donde la candidatura de la expresidenta chilena Michelle Bachelet tropieza con su propio historial. Para muchos observadores, Bachelet no representa la imparcialidad necesaria, sino más bien un perfil volcado hacia una izquierda regional que, en más de una ocasión, ha nublado su capacidad de juicio en el escenario global.

Las críticas no son infundadas ni nacen del vacío. Su paso por la ONU ha dejado un rastro de dudas sobre su efectividad. Como primera directora de ONU Mujeres y, posteriormente, como Alta Comisionada para los Derechos Humanos, su gestión ha sido calificada por diversos sectores como un tránsito “sin pena ni gloria”. Se le reprocha una alarmante falta de trascendencia; una burocracia de gestos antes que de resultados.

El estigma de la tibieza

Lo más preocupante en el currículum de Bachelet no es solo lo que hizo, sino lo que evitó hacer. Su mandato en Derechos Humanos estuvo marcado por una “tibieza estratégica” hacia regímenes afines a su ideología. La demora en condenar con firmeza las violaciones en Venezuela o Nicaragua, y su cuestionado informe sobre China —entregado literalmente en el último minuto de su gestión para evitar represalias políticas—, son manchas que hoy le restan credibilidad como garante de la justicia universal.

¿Puede alguien con ese historial de concesiones ideológicas sentarse a negociar con las potencias del Consejo de Seguridad sin ser vista como una ficha de parte?

Los otros caminos

Mientras Bachelet genera dudas, los otros candidatos ofrecen contrastes interesantes:

  • Rafael Grossi de Argentina, llega con el blindaje de la eficiencia técnica demostrada en el OIEA, manejando crisis nucleares con la frialdad que la diplomacia moderna exige.

  • Rebeca Grynspan de Costa Rica, aporta una visión económica y de desarrollo que habla el lenguaje de la gestión, lejos de las trincheras ideológicas.

Conclusión

La ONU se encuentra en una encrucijada. Elegir a Bachelet sería premiar una trayectoria de “perfil alto pero bajo impacto”, arriesgando la poca neutralidad que le queda a la organización. En un mundo que arde en conflictos, el organismo no necesita una figura que despierte sospechas de parcialidad desde el primer día. América Latina tiene mejores cartas que jugar si lo que busca es, realmente, liderar con autoridad moral el destino de las naciones.