La reciente polémica en la Berlinale ha vuelto a poner sobre la mesa un debate agotador pero necesario: ¿Cuándo se convierte el compromiso social de un artista en una simple herramienta de propaganda ideológica? La directora del festival, Tricia Tuttle, se encuentra hoy bajo el fuego cruzado de una carta firmada por más de 80 figuras de la talla de Javier Bardem, Tilda Swinton y Adam McKay, quienes denuncian un supuesto “silencio institucional” frente a la situación en Gaza.
Sin embargo, el clamor de estos nombres internacionales suena, para muchos, como una nota desafinada. No por la causa que defienden, sino por los silencios estruendosos que han mantenido ante otras tragedias humanas que no encajan en su narrativa política.
La indignación como menú a la carta
Es legítimo que el mundo del arte exija humanidad. Lo que resulta difícil de digerir es el doble rasero. Mientras estos artistas firman manifiestos con una mano, con la otra parecen taparse los ojos ante las sistemáticas violaciones de derechos humanos en regiones donde la opresión tiene un signo político que les resulta “amigable” o, al menos, incómodo de criticar.
El caso de Venezuela: ¿Dónde estaban estas voces mientras el chavismo consolidaba un expediente de delitos de lesa humanidad? Las torturas documentadas, las desapariciones forzadas y los homicidios de opositores por el simple hecho de pensar distinto parecen no haber merecido una carta abierta en los festivales de cine europeos.
La deriva de Nicaragua: Cuando Daniel Ortega decidió encarcelar a toda la oposición y despojar de su nacionalidad a escritores e intelectuales, la mayoría de estos “referentes morales” prefirió mirar hacia otro lado.
”La empatía que se activa solo por afinidad ideológica no es humanismo, es militancia disfrazada de filantropía”.
El sesgo que nubla la visión
Este fenómeno revela una preocupante ceguera selectiva. Para ciertos sectores del estrellato global, parece haber “víctimas de primera” y “víctimas de segunda”. Si la bota que oprime no es la del enemigo geopolítico tradicional, el artista opta por la prudencia o el mutismo.
La realidad es que los derechos humanos son universales o no lo son. Si se condena la violencia en un punto del mapa pero se ignora la tiranía en otro por pura conveniencia ideológica, la autoridad moral del emisor se erosiona hasta desaparecer. La Berlinale, como espacio de encuentro, intenta navegar en aguas turbulentas, pero la presión de este activismo “a la carta” solo contribuye a polarizar más un entorno que debería servir para la reflexión crítica, no para el dogma.
Conclusión: Hacia una coherencia necesaria
El público empieza a cansarse de este activismo de alfombra roja que solo se manifiesta cuando el guion es cómodo. Exigir coherencia no es censurar la crítica hacia lo que ocurre en Gaza; es pedir que el mismo estándar de indignación se aplique a los perseguidos en Caracas, a los desterrados de Managua y a cualquier ser humano que sufra bajo el yugo de la opresión, sin importar el color de la bandera del opresor.
Si el arte ha de ser la conciencia del mundo, no puede permitirse el lujo de tener una visión parcial. De lo contrario, sus cartas abiertas terminarán siendo papel mojado en un mar de contradicciones.













