El panorama político venezolano de 2026 ha terminado por descorrer el velo de una de las mayores simulaciones de nuestra historia contemporánea. Lo que durante décadas se vendió como un “proyecto de liberación nacional” ha mutado, sin pudor alguno, en una desesperada estrategia de supervivencia personal. En el centro de este teatro de sombras, dos figuras femeninas encarnan el destino ético de la nación: María Corina Machado y Delcy Rodríguez.
La ética del sacrificio frente al mercenarismo de Estado
Mientras María Corina Machado ha transitado un camino de espinas, padeciendo mil formas de acoso, inhabilitaciones y violencia física, su liderazgo se ha agigantado por una razón sencilla: coherencia. Machado no solo ama a Venezuela; la padece y la defiende con la dignidad de quien no tiene cuentas pendientes con la justicia internacional. Su valentía no es un eslogan, sino un testimonio de vida que ha resistido la embestida de un sistema diseñado para quebrar voluntades.
En las antípodas encontramos a Delcy Rodríguez. Quien fuera la arquitecta del verbo incendiario hoy se presenta ante el mundo en una postura de sumisión absoluta. La mujer que tildaba de “lacayos” a sus oponentes, ahora ejerce como la principal operadora de los “mandados” impuestos por la administración de Donald Trump. No hay soberanía en sus actos, solo el pragmatismo frío de quien sabe que su libertad personal depende de la benevolencia de Washington.
El miedo a la cárcel como motor político
El chavismo ha dejado de ser un movimiento ideológico para convertirse en un grupo de defensa legal. El giro radical hacia la obediencia a los designios estadounidenses no es diplomacia, es capitulación por pánico. El temor a terminar en una celda federal, siguiendo los pasos de otros jerarcas, ha silenciado los otrora estruendosos discursos de la cúpula.
Es notable el mutismo de figuras como Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López y Jorge Rodríguez. Los “hombres fuertes” del régimen han pasado de las amenazas bélicas a anuncios tímidos y precavidos. Ya no hay bravuconería frente al “imperio”; hay una aceptación tácita de las condiciones impuestas. El miedo a “terminar como Maduro” —bajo el peso de la justicia transnacional— ha domesticado a quienes juraron “patria o muerte”.
El juicio de la historia
La historia es implacable con los mercenarios de la política. Delcy Rodríguez y su entorno buscan salvarse entregando lo que queda de las instituciones a cambio de impunidad, actuando como ejecutores sumisos de una agenda externa que antes demonizaban. En contraste, la figura de Machado permanece como el último reducto de una ética que no se vende ni se arrodilla.
Al final del día, Venezuela observa con claridad: de un lado, la mujer que ama al país desde el sacrificio; del otro, quienes, movidos por el pavor a los tribunales, están dispuestos a hacer cualquier concesión con tal de evitar su inevitable cita con la justicia. La soberanía, esa palabra que tanto usaron para saquear, ha sido finalmente canjeada por una promesa de supervivencia.













