Por Picudo Rojo.-
“¿Que se creen, que para China o Rusia el interés era la receta de las arepas?”. Indignado, reflexionaba ayer ante el obelisco en Buenos Aires uno de los 9 millones de exiliados venezolanos de la diáspora producida por el socialismo del siglo 21, frente al intento de empañar la felicidad absoluta hasta las lágrimas por la caída del monstruo dictador. La elocuencia de las 16 palabras que componen la retórica pregunta no requiere de más explicaciones. Demuele bibliotecas completas de hipocresía. Tal vez agregaría a la lista a Cuba, Irán y a los movimientos terroristas que bajo el engañoso eslogan de “nación Palestina”, son parte del violento carcinoma. Entramado de control absoluto mediante la más sádica represión y expolio de un pueblo americano homogéneo y pacífico, que durante casi treinta largos años de chavismo enajenó no solo el petróleo y los minerales de Venezuela sino corroyó cuanto de democracia liberal y republicana encontró a su paso, entronizando una de las dictaduras más férreas y criminales que se hayan conocido en el continente. Todo lo cual es peligroso para la seguridad y estabilidad de la región. Mejor dicho, de la América, toda.
Lo explicaron con total claridad: “los venezolanos nos acostumbramos a la tragedia perenne”, “a que cada día nos faltan más cosas”, “la familia lejos, saber que no tenían para comer”, “las colas para comprar tres productos”, “para todo”, “vivían con las remesas que les enviamos desde acá”, “no hay educación porque el chavismo la destruyó”, y el “miedo” siempre el “miedo”, el “terror” de ser “detenido”, y “encarcelado”, “torturado” o “desaparecido”: “nos arrebataron parte de nuestra vida”. Pero “hoy, celebramos la libertad de Venezuela, este es el principio”. Otro de los agradecidos exiliados lo explico con la misma elocuencia: “se habían agotado todos los medios, no había más salida”. Y otro: “no sabemos que viene ahora”, pero “hay un cambio”, una “esperanza”. El “3 de enero de 2026 es un día histórico”.
Y en efecto lo es.
“Es una excelente noticia para el mundo libre”, afirmó con acierto el presidente Milei. No solo lo es por la caída del dictador y de su tenebrosa conyugue. Lo es porque el presidente Trump anunció además que: “vamos a gobernar el país hasta la transición”. Acierto que bien entendido asegura el concurso de la fuerza estadounidense para derrotar a la satrapía que munida de armas se señorea ante el pueblo venezolano pacífico e indefenso, que eligió un gobernante legítimo que está en el exilio, y son solo usurpadores quienes aún hoy, 4 de enero, descabezados, siguen detentando el ejercicio de la fuerza real dentro del territorio, aunque sea ilegítima.
La hipocresía de la “invasión”
No es conceptualmente correcto, como lo hicieron enseguida algunas cancillerías que parecerían amigas del régimen, calificar de “invasión” o de “intervención reñida con el derecho internacional”, la acción militar que permitió la caída del dictador y esperamos, en breve, del régimen. Lo particular de esta situación es que el gobernante en el exilio, quien en definitiva representa legítimamente la voluntad del pueblo venezolano oprimido por la satrapía, el presidente Edmundo González Urrutia y la Sra. María Corina Machado, Premio Novel de la Paz, con su concurso previo o sin él, de lo cual no disponemos de información en la actualidad, claramente convalidan la acción militar emprendida. De la misma forma que los 9 millones de la diáspora, según lo explicaron espontáneamente con monolítico criterio en el marco de la alegría del festejo. No lo esperaban, “en Venezuela al principio creímos que era un autogolpe. No pensamos que era…”. Y también desean que la ayuda estadounidense continúe efectivamente porque ni “María Corina” – “que es la única que se mantuvo y le dijo que no a Chávez” -, ni “Edmundo González” “cuentan con apoyo militar”. No es fácticamente posible asegurar la seguridad para todos dentro de las fronteras del Estado de que se trate sin el monopolio de la fuerza legítima. En este excepcional caso no es posible para los gobernantes civiles elegidos por el pueblo sin el apoyo de la fuera militar estadounidense.
La conferencia de prensa del presidente Trump
Algunos medios de prensa ayer malinterpretaron las palabras del presidente Trump en la conferencia de prensa cuando refirió a María Corina Machado. La respuesta fue dada en el contexto de si el gobernante en el exilio contaba o no con el respaldo militar, además del civil. A lo que el presidente contestó con acierto que no, que no contaba con tal apoyo. Agregó que no se había comunicado con ella: otro acierto en vista de la restauración de las instituciones de la democracia liberal, que precisa de una gobernanza civil con cimientos incuestionablemente asentados en la voluntad popular. Hecho que es cierto desde todo punto de vista, porque si bien el feliz concurso de la fuerza militar estadounidense hizo caer al dictador y seguramente provoque la transición a la democracia, el sudor, la sangre y las lágrimas son puramente venezolanas, y se personifican en sus representantes legítimos que durante todos estos años con enorme coraje supieron mantener en alto la dignidad del pueblo vulnerado.
Inversamente, lo que legitima la acción militar estadounidense es justamente la voluntad popular venezolana que lo convalida. Acierto que inexorablemente descarta cualquier hipócrita calificación como “invasión” o de “intervencionismo ajeno a las reglas internacionales”.
Las “reglas internacionales”: los derechos fundamentales
El repentino olvido a la integralidad de las reglas internacionales va por otro lado. Los instrumentos internacionales relevantes son aquellos que reconocen la libertad individual y la dignidad del ser humano inherentes a su condición de tal, con independencia de cualquier parte del planeta en que se tenido la fortuna o la desgracia de nacer, desde la Carta de las Naciones Unidas hasta la de la Organización de los Estados Americanos o el Pacto de San José de Costa Rica, estos últimos en el ámbito americano, solo por citar algunos. Una mujer por caso es una persona libre y con los mismos derechos inherentes en todo el planeta. Esa es la cualidad universal del núcleo básico de derechos que se supone se propician cuando se invocan las “reglas internacionales” o las Naciones Unidas. Un eco resuena con el apellido Roosevelt y el de su esposa Eleonora Roosevelt. Y es la democracia liberal, en definitiva, la república, el único sistema, idea o ideología que hace posible tales derechos inherentes: la partición, control y equilibrio de los distintos poderes del estado, de forma tal que la tensión entre la libertad y el orden no suprima la primera. Es un eje conceptual universal que traspasa cualquier diferencia cultural, religiosa, de raza o de género, y que a los países como a los individuos que los poblamos, cabe ubicarnos de un lado o de otro. El pueblo venezolano se ubica del lado de la libertad. De la misma forma que aquellos pueblos, principalmente el estadounidense que viene a prestarle su ayuda, que también en esta historia se ubican de este lado del eje conceptual e ideológico que venimos diciendo. Los apoyos al régimen que felizmente se viene cayendo, por lo visto y dicho, provienen del otro lado de este eje. Alineamiento que es necesario tener en cuenta.
La necesaria claridad de estos conceptos en la América del Sur y del centro a veces se desdibuja bajo el influjo del estalinismo tardío antiestadounidense, propiciado por algunos sectores dirigentes para los cuales el muro de Berlín aún no cayo, y que apoyaron con suceso el chavismo, el traslado de sus conceptos hacia el sur y centro del continente, y el colapso moral que antes, la dictadura cubana, había incorporado en Venezuela mediante el sistema de delación y control totalitario a cambio del petróleo gratis, aunque sangriento. Existe un reflejo condicionado en esta línea, fundado en algunos errores de la política exterior también, es un hecho: aunque lo único que se busque sea “la receta de las Arepas”. Como lo es, un hecho, el necesario liderazgo moral explícito e implícito en esta acción militar liberadora.
El liderazgo moral de los Estados Unidos
La conferencia del presidente Trump y de los altos dignatarios de la república para su cabal comprensión debe analizarse en el contexto de la variedad de los auditorios a los que estuvo dirigida simultáneamente. Para el ciudadano estadounidense si bien puede ser legítimamente relevante el cómo calificar la acción militar emprendida en razón de lo cual discernir su legalidad consistente en la necesidad o no de su consideración y aprobación previa por el Congreso de la república para resultar legal, si constituyó o no una redada policial en ejecución de una orden judicial y su legitimidad para hacerla efectiva fuera del territorio bajo su jurisdicción, o si se trató o no de un acto de guerra que en todos los casos precisa la previa aprobación del Congreso, no debería mirarse desde una óptica partidista – aunque el propio presidente haya formulado conceptos y críticas partidistas dirigidas a la interna de su país -, dado su relevancia en el liderazgo moral implícita y explícitamente asumido nuevamente mediante, y, por efecto de, la acción militar exitosamente emprendida.
James Monroe, quinto presidente de los Estados Unidos, en el discurso anual al Congreso de 1822 pronunció importantes conceptos que establecieron principios para la política exterior estadounidense, los que posteriormente y en otras circunstancias se denominarían como “Doctrina Monroe”, tangencialmente mencionada en la conferencia de prensa. Entonces el Nuevo Mundo americano de las jóvenes repúblicas democráticas liberales tras la independencia y las amenazas de la restauración de las antiguas monarquías europeas encomendada por la Santa Alianza, simbolizaba la luz, la racionalidad y la felicidad que debía alejarse política y económicamente del viejo continente, incluido en ello a la antigua metrópoli inglesa, de la cual también quería alejarse, porque se consideraba otra arcaica potencia colonial europea.
Hoy, mediante la acción militar emprendida y con la promesa de, si es necesario, usar la fuerza militar nuevamente enderezada a derrotar la satrapía de usurpadores y provocar la transición que devuelva la soberanía al pueblo venezolano y a sus legítimos representantes el gobierno, apoyando con justicia y no retóricamente sino con hechos concretos, que “son lo que son”, a la parte más débil, los Estados Unidos consolida el liderazgo moral en América. Por tablas, también provoca que los distintos países y sus dirigentes, explícitamente adopten definiciones que, dado lo extremo de la situación, se ubiquen a un lado o al otro del eje conceptual e ideológico del que venimos hablando.
La mirada partidista entonces, si bien es válida y legítima para el ciudadano estadounidense, no debería perder de vista la relevancia histórica americana, universal y vital para el pueblo venezolano principalmente, del camino emprendido por su presidente y altos dignatarios de la república que lo rodearon en la conferencia. También histórica, por las definiciones de los propósitos e intenciones que allí se expusieron con total claridad, más allá de los comentarios que hacen al bipartidismo de la democracia más antigua y felizmente una de las más sólidas del planeta. Y a la cual, en estos hechos, todos los americanos debemos estar agradecidos, de la misma forma que lo está, sin lugar a ninguna duda, el pueblo venezolano.










