La diplomacia de la complacencia: Alicia Bárcena y el respaldo a la autocracia

Cuando una funcionaria con influencia en la política exterior de una potencia regional como México valida a gobiernos cuestionados por su legitimidad de origen y ejercicio, el mensaje para las víctimas de la represión es desolador

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Alicia Bárcena

El panorama político latinoamericano ha estado históricamente marcado por una polarización que, en ocasiones, nubla la objetividad de quienes ocupan altos cargos de responsabilidad internacional. El caso de la ultraizquierdista Alicia Bárcena, actual secretaria de Medio Ambiente de México y exsecretaria ejecutiva de la CEPAL, es un ejemplo fehaciente de cómo la ideología puede llegar a comprometer la postura institucional frente a crisis humanitarias y democráticas.

El cuestionable respaldo al régimen chavista

Recientemente, Bárcena ha vuelto a generar controversia al defender la legitimidad del gobierno de Delcy Rodríguez en Venezuela, asegurando que dicho ejecutivo está facultado para firmar acuerdos comerciales y energéticos con potencias como Estados Unidos. Esta postura ignora deliberadamente la naturaleza de un gobierno que ha sido señalado sistemáticamente por organismos internacionales debido a la erosión de sus instituciones democráticas.

Para muchos analistas, las declaraciones de Bárcena carecen de la neutralidad requerida para un funcionario de su nivel. No se trata de un análisis técnico, sino de un espaldarazo político a un régimen de facto que busca oxígeno económico en el mercado internacional.

Una trayectoria marcada por el idilio con dictaduras

La afinidad de Bárcena con figuras autoritarias no es nueva. Su historial revela una cercanía preocupante con la dictadura cubana, la cual ha quedado plasmada en mensajes de admiración que han encendido las alarmas de los defensores de los derechos humanos.

  • El polémico homenaje a Fidel Castro: Tras la muerte del dictador cubano, Bárcena se refirió a él como un “gigante” de “vida fecunda”. Esta exaltación provocó la reacción inmediata de figuras como José Miguel Vivanco, entonces director de Human Rights Watch, quien calificó de increíble que la cabeza de un organismo regional de la ONU rindiera tales honores a un autócrata.

  • Militancia en el Grupo de Puebla: Su participación activa en foros como el Grupo de Puebla —un espacio que agrupa a la izquierda más radical del continente— confirma que su visión no admite matices fuera del espectro ideológico que representa. Al actuar como moderadora en estos encuentros, Bárcena abandona el rol de mediadora imparcial para convertirse en una operadora política de una agenda específica.

Conclusión: el riesgo de la ceguera ideológica

Cuando una funcionaria con influencia en la política exterior de una potencia regional como México valida a gobiernos cuestionados por su legitimidad de origen y ejercicio, el mensaje para las víctimas de la represión es desolador.

La relevancia de lo que diga Bárcena se ve opacada por su propia trayectoria. Mientras su brújula ética siga apuntando hacia la defensa de regímenes que silencian a la disidencia, sus argumentos sobre la “legitimidad” comercial de Venezuela no serán vistos como pragmatismo diplomático, sino como una simple extensión de sus simpatías personales por el autoritarismo de izquierda.

El asalto a la Secretaría General: ¿El fin de la imparcialidad en la ONU?

Como si el panorama no fuera lo suficientemente complejo, el nombre de Alicia Bárcena ha comenzado a sonar con fuerza —e incluso ella misma lo ha dejado entrever— para suceder a António Guterres en la Secretaría General de la ONU en 2027. Aunque existe un consenso regional sobre que el próximo liderazgo debe recaer en una mujer latinoamericana, la posibilidad de que Bárcena ocupe el máximo cargo diplomático del mundo es vista por sus críticos como una potencial catástrofe institucional.

La Secretaría General de las Naciones Unidas exige, por definición, una figura que actúe como “árbitro neutral” en conflictos globales. Sin embargo, la trayectoria de Bárcena sugiere lo contrario. Su historial de “amistades peligrosas” con regímenes que violan sistemáticamente los derechos humanos plantea interrogantes legítimas:

  • ¿Podría una Secretaria General Bárcena condenar las atrocidades en Venezuela o Cuba? Su actual validación de la “legitimidad” de figuras como Delcy Rodríguez indica que su brújula ética está subordinada a su afinidad ideológica.

  • El riesgo de la “Ideologización” del organismo: La ONU ya atraviesa una crisis de relevancia y parálisis en el Consejo de Seguridad. Colocar a una militante del Grupo de Puebla a la cabeza del sistema multilateral podría profundizar la fractura global, alineando a la organización con bloques ideológicos específicos en lugar de con los principios universales de la Carta de las Naciones Unidas.

El veto y la geopolítica

Aunque el perfil de Bárcena cuenta con el respaldo de sectores de la izquierda radical y gobiernos afines en la región, su camino hacia Nueva York no está exento de obstáculos. Su postura pro-regímenes autoritarios podría activar el veto de miembros permanentes del Consejo de Seguridad que ven con recelo su falta de distancia con dictaduras que desafían el orden democrático internacional.

Conclusión: una alerta necesaria

La elección de un Secretario General no es un trámite administrativo; es la definición del estándar moral que regirá al mundo en la próxima década. Si el criterio para elegir a la primera mujer latinoamericana al frente de la ONU se reduce a una cuota de género o identidad regional, ignorando la complicidad histórica de la candidata con regímenes opresores, el organismo corre el riesgo de perder la poca autoridad moral que le queda.

Para quienes creen en la democracia y los derechos humanos, la posible llegada de Alicia Bárcena a la cima de la ONU no es un triunfo de la representación, sino una señal de alarma para el futuro de las libertades globales.