En el complejo tablero de la política estadounidense, la coherencia suele ser la primera baja. Hoy asistimos a un fenómeno de “amnesia política” por parte del Partido Demócrata, cada vez más volcado a la izquierda, que ha decidido elevar el tono de sus críticas contra la administración de Donald Trump tras la reciente captura de Nicolás Maduro. Los mismos legisladores que hoy claman por la “soberanía” y el “permiso del Congreso” parecen haber olvidado los precedentes sentados por sus propios líderes hace apenas una década.
El grito por el “permiso” que antes no importaba
La narrativa demócrata actual es clara: cualquier acción militar o de inteligencia contra el régimen chavista debe contar con la autorización previa del Legislativo. Bajo esta lógica, la captura de Maduro en suelo venezolano es catalogada como una “operación ilegal” y una extralimitación del poder ejecutivo.
Sin embargo, esta devoción por el rigor constitucional resulta, cuanto menos, conveniente. En mayo de 2011, el entonces presidente Barack Obama ordenó la operación Lanza de Neptuno en Abbottabad, Pakistán. Aquella incursión, que culminó con la ejecución de Osama bin Laden, se llevó a cabo sin una votación previa en el Congreso y violando la soberanía de un país que, sobre el papel, era un aliado de Washington.
En aquel momento, el silencio demócrata fue atronador, o mejor dicho, fue reemplazado por vítores. No hubo comités de investigación sobre la “ilegalidad” de entrar en territorio extranjero para capturar o abatir a un objetivo de alto valor. La eficacia política de Obama justificó los medios; pero hoy, la misma eficacia bajo la firma de Trump es tildada de autoritarismo.
El doble rasero del “Derecho Internacional”
Es curioso observar cómo el Partido Demócrata utiliza el Derecho Internacional como un arma arrojadiza. Cuando Obama expandió el uso de drones en Yemen, Somalia y Pakistán —muchas veces resultando en bajas civiles—, la retórica oficial se centraba en la “Seguridad Nacional” y el Artículo II de la Constitución, que otorga al presidente poderes como Comandante en Jefe.
Ahora, cuando la administración Trump aplica una lógica similar para descabezar un régimen vinculado al narcoterrorismo, que viola los derechos humanos y que representa una amenaza directa a la estabilidad del hemisferio, los demócratas exigen un manual de procedimientos que ellos mismos ignoraron. ¿Es la captura de un dictador acusado de narcotráfico más “ilegal” que la ejecución extrajudicial de un terrorista en un tercer país? Para la óptica demócrata, la respuesta parece depender exclusivamente de quién habite la Casa Blanca.
Una memoria de conveniencia
Este doble estándar no solo debilita la posición de Estados Unidos ante el mundo, sino que revela una verdad incómoda: para la oposición, el problema no es la acción en sí, sino el autor de la misma. Al exigirle a Trump lo que nunca le exigieron a Obama, el Partido Demócrata demuestra que su brújula moral no apunta hacia la Constitución, sino hacia el calendario electoral.
Si la captura de Bin Laden fue un triunfo de la justicia sobre el terror, la caída de Maduro —bajo premisas legales de lucha contra el narcotráfico— debería ser vista con la misma vara. La historia no se borra según la conveniencia del partido de turno, y la memoria de los ciudadanos suele ser más larga que la de los políticos en Washington.













