El fracaso de la burocracia dorada: Venezuela y la inoperancia de la ONU, el Consejo de Seguridad y la CELAC

EDITORIAL

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Consejo de Seguridad de la ONU

Durante décadas, el mundo ha contemplado con estupor cómo organismos internacionales que consumen presupuestos de miles de millones de dólares se hunden en una parálisis crónica. El caso de Venezuela ha sido el monumento más alto a esa inutilidad. Mientras el chavismo consolidaba una dictadura feroz, la ONU se limitaba a palabras altisonantes que jamás detuvieron un solo atropello. Sin embargo, este fracaso global ha tenido sus aliados más cercanos en la propia región, bajo el amparo de líderes que hoy, ante la caída del tirano, intentan salvar lo insalvable.

El diálogo como arma de distracción

La comunidad internacional insistió en un “diálogo” imposible, una trampa que el chavismo usó sistemáticamente para burlarse de la paz y ganar tiempo. Mientras millones huían y la población padecía una tiranía que no respetaba vidas, la burocracia de António Guterres se limitaba a emitir comunicados. Es cínico que hoy el Secretario General hable de “precedentes peligrosos” ante la captura de Maduro, cuando el verdadero peligro —y la realidad cotidiana— fue el exterminio de las instituciones y los derechos humanos por parte del régimen durante años.

Mientras el vergonzoso Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sigue siendo cada día más inoperante donde prevalecen los intereses geopolíticos de cada país sobre las necesidades del mundo en su conjunto. Los miembros permanentes de este Consejo tienen derecho al veto y con un solo país que se oponga ninguna resolución sale aprobada. Otra farsa donde se gastan millones dólares sin resultados positivos para nadie.

Petro y la CELAC: El salvavidas de un aliado

En este escenario, el papel de Gustavo Petro resulta alarmante. Su intención de convocar a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) para rechazar la captura de su aliado no es un acto de defensa del derecho internacional, sino un intento de proteger un proyecto ideológico afín.

La CELAC ha sido históricamente un bloque inoperante, incapaz de concretar resoluciones que mejoren la vida de los ciudadanos del continente. Sin embargo, Petro pretende ahora dotarla de una “agilidad” que nunca tuvo para blindar a un dictador que robó elecciones y masacró a su pueblo. Para el presidente colombiano, parece que la soberanía reside en el rostro del déspota y no en la voluntad del pueblo venezolano que se expresó en las urnas.

Lula da Silva: La gimnasia diplomática de la contradicción

Por su parte, Lula da Silva ofrece un espectáculo de equilibrismo político que raya en la hipocresía. Por un lado, mantiene una fachada de distanciamiento al decir que no reconoce el gobierno de Maduro tras el fraude electoral; pero por el otro, reconoce a Delcy Rodríguez como líder del país.

Esta contradicción es una bofetada a las víctimas de la dictadura. Al reconocer a la vicepresidenta del régimen, Lula intenta validar la estructura de poder chavista sin Maduro, como si el problema fuera un hombre y no un sistema criminal. Es un intento desesperado por mantener una cuota de influencia en el país vecino, priorizando la estabilidad de sus socios políticos sobre la justicia que claman millones de venezolanos.

La ilusión frente a los déspotas

¿Qué alternativa tenían los venezolanos? Ninguna que pasara por los despachos de la ONU o las tibias cartas de la Unión Europea. La solución llegó por la captura del tirano, el único lenguaje que entiende un poder que se atornilló robando comicios y derramando sangre.

Hoy, mientras la ilusión vuelve a las calles de Venezuela, líderes como Petro y Lula deberían pensar, por una vez, en la gente que ha sufrido y no en los déspotas que avasallaron al pueblo. La historia no los recordará por su “prudencia diplomática”, sino por su reticencia a llamar a las cosas por su nombre: lo que en Venezuela hubo fue una tiranía, y lo que hoy existe es una oportunidad de libertad que ellos, con sus maniobras, todavía intentan obstaculizar.