Ellos siempre estuvieron allí. No hace falta identificarlos con nombre y apellido, pues sus rostros están grabados en la memoria de una región que ha visto cómo la retórica de la “hermandad” servía de cortina de humo para la opresión.
Todos sabemos quiénes son esos actores políticos y gobiernos que, mientras Venezuela se hundía en el abismo, prefirieron mirar hacia otro lado o, peor aún, estrechar la mano ensangrentada del verdugo.
Durante años, su postura fue la del cinismo diplomático. Ante cada atropello, ante cada evidencia de fraude, respondían con un libreto desgastado: “la crisis debe resolverse mediante el diálogo interno”. Era un mensaje vacío, una trampa de lenguaje. Tenían plenamente claro que Nicolás Maduro jamás cumpliría acuerdo alguno; sabían que cada mesa de negociación no era más que una herramienta del régimen para burlarse de la comunidad internacional, desmovilizar a la oposición y ganar un tiempo precioso para atornillarse en el poder. Fueron, en todo momento, cómplices conscientes de la tiranía.
Lo más doloroso ha sido su silencio selectivo. Nunca se indignaron por las sistemáticas violaciones a los derechos humanos de millones de venezolanos. No hubo comunicados urgentes tras las sesiones de tortura en “El Helicoide”, ni muestras de horror ante los asesinatos en las calles o la crisis humanitaria que expulsó a casi ocho millones de personas de su patria. Para estos “aliados”, el sufrimiento del pueblo venezolano fue un daño colateral aceptable en nombre de una afinidad ideológica que hoy los delata.
Sin embargo, la hipocresía ha alcanzado su punto máximo en las últimas horas. Hoy, esos mismos que callaron ante el dolor de todo un país, se rasgan las vestiduras y claman horrorizados.
Tras la detención de su aliado, han recuperado súbitamente el interés por las garantías procesales y los derechos humanos. Es una ironía: exigen para el tirano el respeto que él nunca tuvo con sus víctimas. Hablan de la institucionalidad para defender a quien no es más que un usurpador, alguien que ni siquiera ostenta la legitimidad presidencial tras haber perpetrado el robo electoral más descarado de la historia reciente.
La historia no será benevolente con ellos. No se les recordará como mediadores ni como pacifistas, sino como los arquitectos del silencio que permitieron que una dictadura floreciera bajo su amparo. La caída de los tiranos suele arrastrar consigo las máscaras de sus cómplices, y hoy, la máscara de “los aliados de la vergüenza” ha caído para siempre.













