Domingo 4 a la tarde: el presidente Edmundo González Urrutia

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Edmundo González Urrutia - Foto @ConVzlaComando

Por Picudo Rojo.-

A las 19 y 32 del domingo 4 de enero pasado a través de los medios de prensa internacionales se oyó la voz del pueblo venezolano. Desde el exilio el presidente legítimo se expresó sobre “los acontecimientos de los últimos días”, que “han marcado un punto de inflexión en la historia reciente de Venezuela”.

Y fue claro.

“Hoy”, dijo, “quien usurpó el poder ya no se encuentra en el país y se enfrenta a la justicia”. Con lo que se abre “. un nuevo escenario político, pero que no sustituye las tareas fundamentales que tenemos por delante.”.

En su condición de presidente, de autoridad legítima en tales extremas circunstancias, ordenó: “como presidente de los venezolanos hago un llamado a la fuerza armada nacional y a los cuerpos de seguridad del estado, su deber es cumplir y hacer cumplir el mandato soberano expresado el 28 de julio de 2024”. “Como comandante en jefe les recuerdo que su lealtad es con la constitución, con el pueblo y con la república”.

Exigió la “libertad de todos los venezolanos privados de libertad por razones políticas”, o “presos políticos”, de forma “inmediata e incondicional”, ya sean “civiles” o “militares, secuestrados por pensar distinto, por exigir derechos o por cumplir su deber constitucional”.

“Solo entonces”, dijo, “podrá iniciarse un verdadero proceso de transición democrática”.

María Corina Machado agradece al pueblo estadounidense

La líder indiscutida y referente del pueblo venezolano, que siendo candidata en las elecciones presidenciales convocadas por el régimen fue proscripta cediendo su lugar al elegido presidente González Urrutia, actualmente galardonada con justicia Premio Novel de la Paz, en entrevista concedida a la prensa estadounidense agradeció al pueblo estadounidense en la persona del presidente Trump, en su nombre y en el del pueblo venezolano.

Con evidente sentido práctico y de la oportunidad, la líder advirtió sobre las nefastas cualidades de la Sra. Delcy Rodríguez, en apariencia la cabeza del régimen una vez caído el Sr. Maduro, y del tenebroso entorno familiar, militar y paramilitar que la rodea, que por lo visto hasta ahora y en la historia reciente venezolana, solo entiende el poder duro.

Viernes 9 de enero

Comienza la liberación de los presos políticos que a la fecha se estiman en 806 de los cuales 175 serían militares, encarcelados en las mazmorras del sinestro Helicoide sede del tenebroso servicio de inteligencia del régimen y en el estado de Miranda. Lo que se espera es la liberación de todos los presos de conciencia y el cese de la represión al pueblo venezolano, hito inicial de un verdadero proceso de transición. María Corina Machado al respecto lo destaco como un “acto de restitución moral”. “Que su entereza no fue en vano”.

Los venezolanos celebran el liderazgo moral de los Estados Unidos

El aval de los representantes del pueblo venezolano que convalidó la acción militar estadounidense descarta cualquier calificación como “invasión” o de “intervencionismo ajeno a las reglas internacionales”. El chavismo post Maduro que continúa detentando el uso de la fuerza en el territorio tampoco es una autoridad legítima – si el expresidente de facto no lo era tampoco lo son sus sucesores – sino se sustenta únicamente en un frágil estatus quo al socaire del poder duro estadounidense fondeado a pocos kilómetros en sus costas y de las veleidades de los grupos de usurpadores recelosos entre sí ante la evidencia de que en un futuro próximo han de enfrentar también un tribunal de justicia.

¿Qué otra prueba de la voluntad del pueblo venezolano se necesita por los atribulados y atrabiliarios formalistas de las reglas internacionales, más que las declaraciones de quienes legítimamente representan hoy, y como mínimo, desde el 28 de julio de 2024, la soberanía de Venezuela? O que la representan, como mínimo, razonable y suficientemente. O, como mínimo, manifiestamente la representan en mayor medida que los personeros del régimen.

¿Qué otra prueba exigen los burócratas formalistas de que la “intervención”, como la llaman, en el “territorio de Venezuela” por efecto de las “acciones militares”, no es “unilateral”, sino requerida, pedida, solicitada, aplaudida y aún, festejada, por el propio pueblo venezolano que dicen defender?

¿Alguien de buena fe podría dudar de ello?

Buscaron la libertad por todas las vías. Aún con manifiestas restricciones se sometieron a un proceso electoral trabado desde el origen. Convocado por el régimen que lo dispuso bajo presión internacional principalmente del gobierno del presidente Biden en el gobierno Demócrata, con mil y una restricciones, inclusive la proscripción de la candidata. Con mil y un riesgos, que con coraje, determinación y valentía asumieron, ganaron, y le amañaron los resultados una vez más. Pero, la última, los opresores no pudieron esconder el rutilante triunfo, porque los dirigentes del pueblo de Venezuela habían tomado precauciones: las actas finalmente dieron un resultado abrumador pese a todo el aparato represivo del régimen. Con decencia y decisión buena parte de la comunidad internacional libre así lo reconoce.

Pero tampoco fue suficiente.

El mismo pueblo ahora da un paso más y emprende la acción militar y diplomática. Liderado por el presidente Trump y el partido Republicano. El presidente González y la líder María Corina Machado expresan con total claridad su aval. Tanto, como la diáspora dispersa por el mundo del mayor número de exiliados que se recuerde. Que celebra, el 3 de enero de 2025, como un día histórico. Y pide, en la misma línea que sus dirigentes legítimos, incrementar las acciones, porque no confían en la satrapía que ostenta la fuerza militar en Venezuela que se mantiene después de la caída del tirano.

Sí, afirma Edmundo González, bien pueden mantenerse “sentimientos encontrados que los entendemos y respetamos”. A nadie le gusta llegar a esta situación de enfrentamiento militar liderado por el pueblo amigo en el territorio propio. Ni siquiera cuando, como en este excepcional caso, se trata de una ayuda requerida y solicitada, casi a gritos y con la más alta voz, popular y de sus dirigentes legítimos. Pero este tipo de satrapías no tiene un final feliz ni una solución perfecta. El diálogo, inclusive por los presuntos dialoguistas, léase los Rodríguez Zapatero, los Lula – que llegó a sostener que el autoritarismo y la represión eran solo un “relato” – y tantos otros, lleva ya bastante tiempo sin resultado alguno. A duras penas la presión en su día forzó el proceso electoral. Pero tampoco dio resultados efectivos. Estas satrapías duran y destrozan vidas enteras. No solo la de los torturados presos políticos: las de los exiliados y principalmente la de los millones de venezolanos amordazados que lo padecen fronteras adentro. Piénsese en los 67 años que cumple la dictadura cubana. Es de tal complejidad el entramado represivo que sin la ayuda militar externa no se advierte razonable y de buena fe otra solución posible.

El hecho concreto es que solo la acción militar que derivó en el encarcelamiento de la pareja de tiranos a la orden de un tribunal de justicia y la presión que se viene ejerciendo desde los barcos y los aviones prestos a intervenir, después de tantos años y organismos internacionales munidos de una normativa robusta de papeles y altruistas finalidades pero faltos de liderazgos efectivos, viene siendo, no solo ejemplar, porque está legitimada en la voluntad popular venezolana – y por la concurrencia de un tribunal de justicia con todas las garantías del debido proceso que los mismos tiranos presos negaban en las mazmorras de tortura del Helicoide -, sino lo único que provocó un resultado concreto, un cambio sustantivo para un pueblo tan casgiado que hace rato está dejando trazos de vida por el camino en busca de su liberación.

Podrá gustarle más o apetercerle menos el estilo del presidente estadounidense. Estos son los hechos concretos. Y los cambios que desesperadamente esperaba el pueblo venezolano. Fácticamente imposibles para las autoridades legítimas en el exilio carentes de toda fuerza coercitiva en el territorio.

Erran, aún aquellos que de buena fe invocan hemipléjicos el derecho de gentes solo basado en la regla de orígen westfaliano de no intervención de un estado en los asuntos internos de otro, porque, en estos hechos, no solo lo impide el consentimiento legitimante que venimos diciendo, sino, en todos los casos y principalmente, la integralidad de las normas internacionales que están teleológiccamente enderezadas con el individuo, con la persona y con la tutela de sus derechos fundamentales. Las interpretaciones “político jurídicas” que prescinden de la instrumentalidad del estado – que jamás es un fin en si mismo – y de los valores que protegen y que son la razón de ser del sistema normativo y de las propias organizaciones y de sus costos salariales implícitos, aquellas que consideran las relidados no como tales sino come “relatos” de un “poder” predominante por la fuerza ante otro “poder”, inexorablemente tienen una raíz autoritaria.

La Carta de la Organización de los Estados Americanos (Bogotá 1948) establecía desde entonces que la “solidaridad de los estados americanos y los altos fines que con ella se persiguen, requieren la organización política de los mismos sobre la base del ejercicio efectivo de la democracia representativa”, y actualmente, “el sentido genuino de la solidaridad americana y de la buena vecindad no puede ser otro que el de consolidar en este Continente, dentro del marco de las instituciones democráticas, un régimen de libertad individual y de justicia social, fundado en el respeto de los derechos esenciales del hombre”. La no intervención no es un principio absoluto que conlleve avalar por la inacción la perpetración sistemática y desde el estado de los más horrendos crímenes. Y esto lo sabe bien el pueblo venezolano porque es el que pone el cuerpo y la sangre en todos estos desgraciados hechos.

The Short People´s Club

Originariamente el editor me había solicitado escribir una nota sobre la declaración conjunta de los gobiernos de Brasil, Chile, Colombia, España, México y Uruguay. Pero la insignificancia de esta declaración frente a los hechos derivó en lo que podría haber sido un título en el último subtítulo, a la altura del zócalo. El club de los enanos se iba a titular. Pero para evitar ningún prejuicio woke sobre la humorada, preferimos el club de los cortos, o de los muy cortos, que quedo como quedó: The Short People´s Club.

En los cuatro puntos de la declaración el que queda peor parado es el Brasil.

Porque en tiempos de chavismo disputo sin éxito el liderazgo hacia el sur del continente con el mismísimo comandante. Que obtuvo inclusive el ingreso de Venezuela al Mercosur mediante el expediente de expulsar al Paraguay que con valor y clarividencia se negaba a ello, sin siquiera cumplir con la cláusula democrática – hizo decir al uruguayo presidente Mujica: “lo político sobre lo jurídico”, para quien la diplomacia uruguaya no debía ser más que “subirse al estribo del Brasil”, hoy por lo visto vigente en esta declaración -, se entrometió en la política local de todos los países por los conductos de los partidos de la izquierda vernácula a muchos de los cuales financió. El llamado Foro de San Pablo lo resume y ejemplifica.

La diplomacia de los descendientes de Enrique el Navegante, o con mayor justicia la diplomacia política del presidente Lula, terminó convalidando un incómodo estatus quo, cautelar de la masacre del pueblo venezolano por parte lisa y llanamente de una cruel dictadura usurpadora del gobierno legítimo, al que nunca termino de reconocer. No es posible alegar genuinamente ninguna solución de “diálogo” que lleve a la “paz” que parta de desconocer a una de las partes: solo a Goliat porque no quiso conocer a David. Ni siquiera como hipótesis, los agraviados representantes del “o país mais grande do mondo” se propusieron ofrecerse a contrabalancear la asimetría fáctica favorable a quien detenta el poder militar ilegítimamente en el territorio, de forma tal que el “diálogo” que proponía hubiera sido posible y justo. La declaración no tiene ni una palabra sobre la defensa de la democracia ni de condena al terrorismo de estado.

Un gran amigo oriundo de Río de Janeiro ante la alternativa de su conyugue canadiense por razones laborales de radicarse en Miami o en Toronto, de inmediato eligió este último. Me dijo, repentinamente indignado por el solo hecho de preguntárselo, que el frío era una cuestión menor, soportable. Se preguntó: “¡¿qué hace un brasilero en los Estados Unidos?!”. Yo pensé, mejor planteada la cuestión, que la pregunta correcta era: “¿Cómo se siente un brasilero en los Estados Unidos?: nadie”.

Hecha la salvedad aquí que lo que analizo y refiero son percepciones políticas, la autopercepción imperial en la subzona del cono sur, no de individuos, de personas claro está, felizmente libres y todos distintos, de los que disfruto su amistad. Sería tan injusto como afirmar que todos los porteños son insoportables.

Quisiera ser Brasil un “player” global que claramente no lo es. La emergencia del drama venezolano y el liderazgo moral estadounidense actualiza el acierto: quedó por fuera completamente de este drama aledaño a sus fronteras geográficas y territorio ideológico. No porque el presidente Lula no sea un demócrata, su trayectoria política lo avala como tal más allá de trasnochados desarrollos ideológicos, ni porque no le disguste la dictadura venezolana, el terrorismo de estado y el colapso completo del país por el socialismo del siglo 21. Alguna razón de mayor peso lo condujo a no asumir un mayor compromiso para derrotar la dictadura venezolana esquivando por tanto tiempo toda colaboración efectiva mediante meros planteos de buenas intenciones que solo reflejan cinismo. Especulaciones posibles: su historia. Sus vínculos con el chavismo y otros buenos amigos. La disputa del liderazgo en The Short People’s Club ampliado. Brasil no se merece estar allí.

Tampoco en el caso uruguayo. Hubiera sido una muy buena oportunidad para que una democracia plena llamara las cosas por su nombre y sin titubeos condenara la dictadura y el terrorismo de estado como lo que son, y no adherir a ningún “estribo” cuyo caballo no tuviera por norte la defensa el liderazgo moral de la democracia y de los derechos humanos.

La política exterior uruguaya desde el inicio de la república fue pendular administrando equilibrios con sus países vecinos, pero en oportunidades, la última vez que recuerdo durante la presidencia del presidente Vázquez, al igual que hoy en Venezuela, recurrió a la ayuda del muy republicano presidente George Bush. Ante la amenaza probable de la Argentina del Sr. Kirchner, otro amigo del mismo comandante, con pragmatismo no recurrió al Brasil sino al mismo pueblo de los Estados Unidos que hoy ayuda al venezolano, que le aseguró el apoyo de ser necesario, y así se le hizo saber el vecino belicoso: santo remedio. Más. Vigente la vía rápida por el Congreso estadounidense se le ofreció la firma de un tratado de libre comercio, a lo que el presidente uruguayo era favorable pero el sector de su gobierno más radical no se lo permitió: el “estribo” con el Brasil, la amistad con el chavismo y una muy castrista certificación revolucionaria que con un viajecito a la isla de tanto en tanto todo dirigente de izquierda se sentía obligado a hacer – muerto el otro comandante y con tantos apagones actualmente desconozco si el “académico” grado se continúa otorgando -. Pesaron más que el interés evidente de acordar por fuera de un Mercosur inerte dominado por poderes regionales que en latitudes más australes sí se hacen sentir.

En fin, los otros signatarios están fuera del juego también. Solo referiré al último punto de la declaración: a los “recursos naturales”. Hoy ya nadie medianamente informado se lo cree. Es pública “la receta de las arepas”. Quien sepa algo del negocio petrolero no le prestaría tampoco la más mínima atención. La duda queda sobre si la preocupación por el recurso natural es en realidad por la economía cubana o por la continuidad de las regalías para la oligarquía chavista y de sus socios y amigos. Humor, nada más que humor. Permítaseme.