Por Juan Carlos Barreto.-
La columna vuelve a viajar. Esta vez el camino nos llevó a Paysandú, a un taller donde
el barro aún conserva el pulso tibio de quien trabaja a diario: Claudio Dalmao, escultor
ceramista, creador de un universo propio que nace del juego, de la observación y de
una palabra que lo define mejor que cualquier teoría: hurgar.
No hay fórmulas en su espacio. Hay estanterías llenas de piezas en proceso,
herramientas marcadas por el uso, hornos en actividad y figuras que parecen estar por
levantarse de la mesa. Dalmao recibe como quien abre la casa: tranquilo, claro, sin
imposturas. La charla empieza con el mismo gesto con el que modela: sin apuro.
El camino hacia la materia
Dalmao no llegó a la cerámica por accidente.
Primero fue el dibujo, los apuntes, las líneas.
Estudió con Daniel Amaral Oyarvide, y más adelante profundizó en la Escuela Pedro
Figari de Montevideo, donde se formó en talla en madera.
Pero fue una frase simple la que le abrió otro horizonte. Amaral lo miró y le dijo:
“Lo que vos precisás es trabajar en tres dimensiones”.
Esa indicación cambió un camino.
La arcilla apareció como punto de partida, no como destino.
Primero vinieron las piezas complejas, cargadas.
Luego la necesidad de quitar, de dejar que la forma respire.
Aprendió a observar lo que la materia pedía y encontró su método: el ensamble.
No desde un manual, sino desde la insistencia.
Lo dice sin pomposidad: lo descubrió solo.
Hurgar para crear
“Hurgador” no es adjetivo: es identidad.
Dalmao mira objetos todos los días, partes, elementos sueltos que no descartan
historia: una llave, una lámpara, un martillo.
Los Hurgadores —serie que se volvió eje de su obra— no cargan elementos al azar:
transportan ideas.
Son personajes que avanzan, que llevan un destino sobre la espalda, que parecen
contar sin palabras la vida cotidiana de quien trabaja, insiste y vuelve a empezar.
El color, la forma y el juego
Entre hornos y mesas, Dalmao habla de una “teoría lúdica”: no del juego infantil, sino
de ese impulso vital que empuja a intentar.
El juguete —ese universo pequeño donde todo se puede ensayar— aparece como
llave.
El artista se reconoce ahí: en la posibilidad de probar, de combinar, de equivocarse y
volver a intentar.
Trabaja con series.
Los payasos nacieron después de una visita al circo, como reacción emocional, no
como ejercicio académico.
Los toros —una de sus líneas más potentes— aparecen con otra energía, imponentes y
a la vez cercanos, como si estuvieran por moverse en cualquier momento.
Todo lo que vive se convierte en pieza.
La cerámica le permite eso: moldear lo cotidiano, hacerlo visible.
Dalmao habla de sus piezas como un camino de sinceridad.
Primero sumó capas. Después empezó a quitar.
La búsqueda es clara: llegar a la forma pura.
Ahí el ensamble deja de ser técnica y se vuelve lenguaje.
Un taller que invita
Visitar a Claudio Dalmao es entrar en una casa donde la cerámica no es decoración: es
lenguaje.
Las piezas en proceso conviven con herramientas, horno y mesas marcadas.
No es un espacio de pose: es un espacio de trabajo.
Uno sale con la sensación de haber entrado a un lugar donde el tiempo no se
desperdicia.
En Paysandú, la obra de Dalmao demuestra que no hace falta mudarse para construir
una trayectoria sólida.
El camino puede trazarse desde donde uno está, si hay trabajo, mirada y convicción.
El taller de Claudio Dalmao está en Paysandú. Silverio Martínez 999 bis.
Si tienen la oportunidad, déjense llevar por los personajes, los toros, los payasos y los
Hurgadores.
No se miran: se entienden.
Gracias, Claudio. El próximo café nos espera.
Buena jornada. Buen café.














