Ritual de mayo, el ritual del reencuentro

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Por José Luis Rondán.- Las últimas brasas fueron languideciendo, solo algunas sombras muy tenues reverberaban por última vez contra las altas paredes de granito gris detrás del fogón, unas antorchas fueron apagadas, otras, las elegidas, fueron designadas para acompañar a los peregrinos a través del sinuoso sendero como serpiente, hasta el campamento, distante unos seiscientos metros; los últimos hermanos del Círculo se fueron marchando casi en silencio, meditando seguramente lo que acababan de vivir.
Josephius los vio partir lentamente, así como lentamente los veía ser engullidos por la oscuridad total del espeso monte de medianoche, y mientras terminaba de recoger sus elementos rituálicos, pensaba. –Esa es mi gente, esos son mis hermanos, los hermanos del Círculo Sagrado…
Fue el último en marcharse junto a Jorge, a Gabriel y a Mario, todos al igual que los primeros, cabizbajos, no por pesar, no por disgusto, sino porque así era la mejor manera de mantenerse en contacto con ese círculo recién consagrado donde por su sentido de pertenencia y compromiso, habían dejado que sus almas liberadas, danzaran entorno a la refulgente hoguera.
Hasta allí habían sido convocadas a través del mágico fuego las antiguas deidades; en ese lugar ahora sacro, se habían abierto los portales para que se asomaran al mundo de los mortales, pidiendo su asistencia, los viejos druidas, las deidades portadoras del consuelo, de la paz, del alivio del cuerpo y del espíritu.
Esa noche mágica de un mes de mayo atípico, las sombras largas de una noche quieta se habían trocado en mudos testigos de un ritual celta como pocos han visto y menos experimentado en estas tierras de América.
Una vez más, como tantas veces lo habían hecho, los hermanos del Circulo Sagrado se habían convocado en torno a la piedra y al fuego, habían compartido el agua miel y el pan, habían escuchado en silencio las palabras de Josephius dirigiendo los trabajos, las invocaciones, y mientras éstos meditaban, reconociendo a sus hermanos en la batalla de la vida, Josephius en silencio, quedamente, abría su corazón y su mente, descorriendo el cerrojo para el advenimiento de los ancestros y con ellos, las poderosas deidades de la naturaleza que llegarían a reunirse con los hombres que hacen sus pedidos, movidos con la más pura intención.
Heliópolis, la ciudad del sol, para la mayoría de la gente, Piriápolis; urbe situada como tantas veces lo he referido, a los pies de los más hermosos cerros al Sur del exquisito país con balcón al mar, la República Oriental del Uruguay.
Allí, como tantas veces lo hemos realizado, acabamos de llevar adelante una nueva reunión de los hermanos del Círculo Sagrado. En esta oportunidad centrando nuestras energías en los amigos, en los hermanos, en los compañeros de ruta que habían sufridos quebrantos de salud, y para tal actividad se convocaron unas veinticinco personas, quienes en el mayor respeto y concentración anduvieron el camino hacia el círculo dormido con la esperanza de poder despertarlo, hacer de él la fuente de energía que todos los druidas anhelamos que sea.
Solo aquellos que han tenido la oportunidad de participar de eventos de este tipo podrán dar fe de las energías que allí adentro, una vez que el círculo hubo despertado, se convocan, se conjuntan, dando vida y trascendencia a las fuerzas que propician la armonía interior, la paz en el espíritu y las corrientes vivas de salud y orden físico.
Me han preguntado si estas actividades pueden ser realizadas en cualquier parte, si en cualquier lugar puede haber un círculo, y he respondido que cualquiera puede hacer su propio círculo de meditación porque él conforma un templo individual, pero si se hace en grupos más o menos numerosos, puede hacerse en cualquier sitio, variando el mismo de un punto a otro según sea el ritual a llevar adelante, con la única salvedad que el sitio donde nos propongamos realizarlo, debe poseer energía, debe ser un lugar pasible de ser activado, de ser despierto; un sitio por donde discurra sigilosa pero activa, algún tramo de la serpiente telúrica, con el agregado que en este caso, el mismo se ubica dentro del mítico Triangulo de Piria (ver nota publicada ICN Diario).
El sábado nos convocamos, como dijera, entorno a una mágica hoguera; fuimos parte viva de un Círculo Sagrado, en cuyo interior estalló la flama de luz, faro intermitente para la realización del ansiado y difícil periplo por los laberintos interiores, donde deberemos confrontar necesariamente con el que nos habita, nuestra conciencia; y de ello fueron testigos insustituibles las viejas rocas, muchas de ellas seguramente protagonistas de la pangea, las cuales desde sus misteriosas siluetas dieron fe de la realización de esta antiquísima como encriptada práctica, así como de la conexión de energías entre hombres y naturaleza.
Cuando la hora fue dada, nos marchamos del lugar, permitiendo que el círculo volviera a dormitarse sobre la dura almohada de las primitivas piedras.
Cuando el momento fue el indicado, nos marchamos del lugar dejando a solas a la naturaleza, a las antiguas grietas de la vieja cantera y a los antiguos espíritus que aún hacían por danzar entre las persistentes brazas, las que por la rebeldía de la dura madera, se negaban a apagarse.
Volví la vista atrás antes de marcharme; ya casi todos se habían ido, y me pareció como si ellas, las lisas paredes, las rugosas rocas, los árboles añejos y el serpenteante camino, me pidieran que volviéramos algún día; que seríamos bien recibidos, ya que por nuestra presencia, por la actividad del ritual, ellos por una noche volvían a ser parte esencial de la comunidad de los hombres, donde los reconocían, donde los abrazaban por ser ellos piedra o vegetal, aire, fuego o tierra, la morada de misteriosos espíritus a través de los cuales se conforma la vida, y no sólo por el dinero que algunos dicen que valen.
Mis queridos amigos lectores, como se decía desde la más lejana antigüedad, ¡Los hombres libres del Círculo Sagrado, os saludamos, venimos a vuestra mesa, en paz!
Nota del autor: Celebración realizada bajo la invocación a Brigitte, (la guardiana del eterno fuego), Sulis, (la protectora de las aguas de curación) y Nunis, (el poseedor del conocimiento de todas las hierbas curativas).