
Hace dos o tres horas que estoy acá, acunando una copa de vidrio recién estrenada, meditando, recomponiendo, pensando, recorriendo despacito mis intestinos laberintos; procurando encontrarme, y encontrar a éste que me empuja, me aconseja, me fastidia, me enloquece, y a pesar de todo, me comprende, y por ello lo quiero… ¿O lo acepto porque lo necesito?
Me he puesto a pensar, entre un sinfín de cosas que esta tarde noche he pensado, en la metamorfosis que se cumple en el ser humano, aun contra su voluntad, aun cuando éste se propone mantenerse en vigilia, para que no le pase eso de cambiar, sin percatarse de ello.
Mientras echo un trago, y miro a las tres Marías que van asomando detrás de una enorme estructura blancuzca, pienso en cuando era un niño, reveo rápidamente mi historia; la escuela, los juegos en casa, mi mamá, mis amigos, los scouts, el futbol en la calle, la vida toda de esa primera etapa; del inicio de este sendero escabroso al que damos en denominar vida.
Recuerdo con algo de nostalgia, que yo era un niño tierno; travieso, inquieto, pero tierno; que se emocionaba con cosas tan sencillas como con la relación entre él y su perro o su caballo, con un juguete de plástico o unos papeles y un par de lápices.
Cuando la vida te va empujando, la dejas que haga, no interfieres, salvo en contadas ocasiones, donde haces el esfuerzo; pero por lo general, la norma establecida, es dejar fluir, no distorsionar, permitir que las cosas pasen; aunque en silencio, y desde nuestro templo interior, percibamos que hay cosas que ocurren, que ya están pasando, y que necesaria e inexorablemente, nos involucran, nos comprometen, nos responsabilizan, pues estamos embarcados en la nave del crecimiento, de la maduración, del tránsito de una estación a otra, de un estado físico-emocional, a otro. Estamos siendo transformados, para bien o para mal, por el universal esquema de la Naturaleza que exige, que impone y determina, que la hora de crecer, de cambiar, de madurar, de asumir, ha sido fijada y a ella, por imperio de la propia Naturaleza, debemos someternos, pues nos está preparando, aunque no lo pregone, para la hora en que debamos partir.
Recuerdo mis primeros pasos, recuerdo mi andar dubitativo por las primeras horas del camino en que he andado, y me veo hoy, sentado ante esta máquina, tecleando apresurado las ideas que brotan, que fluyen y acuden a mi mente, para dar forma a las ideas que llegan y se posicionan más o menos ordenadamente, aguardando a ser convocadas para tomar forma, para ser parte de una esquema intelectual que transmita a quien lea estas reflexiones, que esas no son del todo mis ideas, que también son suyas, pues quien se tome el tiempo de leerme, podrá percibir que él también, hace algún tiempo tuvo un andar algo timorato, un andar a tientas, asido a la mano firme de alguno de sus padres, y el camino polvoriento, duro, difícil y escabroso, fue parte imprescindible de su proceso de maduración, del crecimiento, de asumir posturas ante la vida, que dijeran que él estaba allí, que era un hombre, o una mujer y que estaba llamado por haber sido elegido entre cientos, a ser una persona, un individuo, único e irrepetible y que por ser tal, se obraría en él una inexorable metamorfosis.
Nuestra cultura, salvo por excepciones, no es muy afecta a los rituales, tal cual hacen algunas comunidades de otras latitudes, donde desde la oscuridad de los tiempos, van cerrando círculos, van culminando ciclos, y eso lo remarcan a través de los rituales, esas etapas que dicen que ya no eres un niño, sino que has pasado a la adolescencia, que ya no eres niña, sino una mujer, que ya no eres un jovencito, sino un guerrero, dejando bien en claro, en qué etapa te encuentras, y cuáles son tus derechos y cuáles tus obligaciones.
Nuestra cultura rara vez marca delimitaciones, rara vez le hace saber a un individuo que ya debe dejar sus anteriores hábitos, porque la vida ha pasado por él, dejando su marca, y que es otra la postura que debe adoptar ante ella, para su bien, y para bien de la comunidad de la que forma parte. Cuando esta sociedad se decide a mostrarte el límite de una etapa que debieras haber abandonado hace ya tiempo, lo hace de una manera tan especial, que termina mandándote a un psicólogo para que te analice, ya que algo pasó por ti, por tu vida, desorganizándote, y alguien debió avisarte a tiempo, y no lo hizo, maldito desatento, y ahora tú, con las manos vacías, sin saber que hacer o adonde dirigirte.
Los hombres y mujeres deben estar alertas, atentos, pero relajados, porque el mundo de los cambios, de las permanentes y constantes variantes, es la vida en su dinámica; deben estar preparados para los cambios que a diario se producen, algunos en forma lenta, casi imperceptibles, otros, abruptamente, pero todos y de diferente manera, por distintos caminos, sacudiendo nuestras estructuras emocionales; de ahí la imperiosa necesidad de prepararse para enfrentar la consabida metamorfosis, el cambio obligado, la ruptura inexorable de ese esquema que ya habíamos empezado a saborear, por sentirnos cómodos con él, pero que los nuevos vientos nos obligan a variar, a torcer, a dejar de lado a pesar de las íntimas súplicas o de los esfuerzos por intentar que no suceda.
Así las cosas, ayer mientras miraba lejos y degustaba el néctar que descansaba en la copa, me detuve a mirarme en ese espejo que de quererlo, tenemos la posibilidad de observar, ya que él nos muestra tal cual somos, sin tapujos, sin posibilidad de hacer trampas, y de él supe algunas cosas que hoy no voy a compartir con ustedes, pero que, aunque algo relajado, me han puesto en alerta, porque fui testigo privilegiado de una metamorfosis que hoy por hoy se está dando en mi como seguramente, de desearlo, podrán verlo ustedes, en ese espejo colgado allí, en un costadito de la puerta, por la que se accede al templo interior.
José Luis Rondán
Taller de Arte “La Guarida” del artista plástico José L. Rondán
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