Fútbol: Noche clásica de estupidez

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Anoche se disputó un nuevo partido de fútbol clásico entre el Club Atlético PEÑAROL y el Club NACIONAL de FOOTBALL( in English), en el estadio Centenario de la ciudad de Montevideo; por las chapitas dijeron unos, es una práctica de fútbol con forma de cuadrangular aseveraron otros, pero los unos y los otros pudieron ser vistos hasta el hartazgo por toda la ciudad, enfundados en sus respectivas casacas, envueltos en vistosas banderas, vociferando cánticos, más de guerra que de aliento, más de llamado a la batalla, que a la convocatoria sana para disfrutar de un deporte.
Los unos y los otros se fueron reuniendo en diferentes sitios ya tradicionales; en la Blanqueada, en Las Acacias, en el Barrio Sur, Palermo o La chancha, da igual, el objetivo es ir dándose ánimos para exacerbar el espíritu con desaforados gritos; atávicos llamados a ganar o morir, mientras el porro (recientemente legalizado), y el abundante alcohol va sumergiendo la cordura en una gran pileta donde la razón se ahoga despacito, donde la coordinación pierde pie, y de la cual emerge triunfante la estupidez en su grado de mayor manifestación.
Puede vérseles caminando rumbo a la cancha como si de una gran columna de orates se tratara, los Unos modernos destrozando todo a su paso, insultando, agrediendo, consumiendo, conquistando, arrebatando; todo en nombre de la Institución a la cual están dispuestos a ofrendar sus vidas.
La policía reúne a los efectivos, los instruye, los distribuye; todas las mentes atentas a las hordas de enajenados mentales que van fluyendo desde Avenida Italia, desde el Parque, desde Ramón Anador o las Heras. Siempre la misma pregunta.- ¿Con cuál de estos grupos nos enfrentaremos primero, ya sea a la entrada, ya a la salida?
Columnas enormes, como mega gusanos, transportando la preciada carga de las banderas gigantes. Todos con la cabeza puesta en el accionar de los gladiadores modernos, los que nos representan y representan lo que seguramente es el horizonte de nuestras vidas; el éxito, el dinero, las mujeres, el gol, el auto, la merca…
El estadio que se va colmando como la panza de un gordo glotón, franjas multicolores de bulliciosas hinchadas, banderas, pancartas alusivas donde el amor al cuadro se hace sentir. –Los de la Curva se la comen. –Los del Bolso (Nacional), o los Manyas (Peñarol), son todos putos.- La Barra del Raúl se fuman todo, vamo arriba che., Esa hincha es la puta mía, etc. y así un sinfín de carteles de los más variados tamaños avivando los ánimos, mientras reparten cultura a manos llenas.
Anoche hubo un nuevo partido de fútbol del clásico más viejo y más copero del mundo, todo un orgullo del deporte Nacional, donde los jugadores, participantes ilustres, terminaron todos presos por tomarse a golpes de puños, desconcertando a la Fuerza Pública preparada para reprimir a los revoltosos de entre el público, pero no a los primates, avenidos en semidioses; pero no a quienes no hilvanan una oración, pero ganan fortunas, donde el campo de juego se transformó en ring y el juego limpio en un todo vale.
El fútbol latinoamericano carga unos cincuenta muertos en su haber, de los cuales una decena más o menos es de nuestra propia cosecha, una cosa no menor para un país tan pequeño, y por ello nuestros amados deportistas, selectos guías a imitar se esforzaron anoche en el césped del Centenario, no en hacer goles o magníficas jugadas, sino de seguir en el camino de las muertes, de la alienación, de la decrepitud; lamentablemente no consiguieron lo primero; sí con creces lo demás, pero por lo menos lo intentaron, mostrando a los chicos como cuando uno lo desea, como cuando uno pone corazón y alma, como cuando uno es voluntad y pasión, puede hacer pedazos un espectáculo dejando a todo el mundo, a la gente de bien y al delincuente, al policía y al que cuida autos, al canchero y al conductor del bus, con la boca abierta, porque sin importar quién gana o quién pierde, otra vez al cerebro se le da por irse de paseo cuando se disputa un encuentro de fútbol, dejando a los infelices propietarios, cara a cara con su imbecilidad, y por eso terminan presos y no en sus casas comentando el encuentro, mientras se comen unas pizzas.
La frutillita de la torta, el infeliz comentario del D.T. quien en vez de amonestar, de corregir, de rezongar, de castigar, tal cual lo haría un dedicado padre de familia, los considera, los consiente, aseverando que los políticos, los periodistas y no se quienes más, debían predicar primero con el ejemplo. Como dicen los chicos, que tiene que ver el gato de mi vecina con la amante de doña María; nada. Pero el D.T. quien fuera en su momento jugador de fútbol, cierra filas, se alinea con sus dirigidos tratando de transferir culpas a quienes también cargan las suyas, y por ende no necesitan en este momento, cargar la de estos abombados.
El primer muerto de nuestro fútbol fue en el año 1957, un joven de nombre Carlos Gómez, hincha de Sud América a quien mataron a golpes por gritar un gol. Y de ahí hasta Da Cunha, muerto el año 2006 delante de su familia, por llevar una casaca del cuadro de sus amores.
Parece que no aprendemos, ya que cuando no son unos los que justifican, son los otros, cuando las aguas se aquietan alguien arteramente se encarga de agitarlas, cuando no aparecen los necesarios culpables para armonizar las almas de los verdaderos culpables, se sale a la caza de brujas para encontrar uno; para el caso sirve desde el último milico a dos kilómetros del estadio, hasta el señor que vende café en la Colombes.
He dejado de ir al Estadio, he obsequiado casi todo lo que tenía del cuadro con el que supe reír y llorar desde niño; ya no me representa, ya no lo quiero como referencia en mi vida.
Debemos apostar a vivir en el ámbito de otros valores, de otro sentido para nuestras vidas, muchos no sabrán cuál es, pero yo estoy seguro, muy seguro, que el que marcan estos chicos, ídolos con pies de barro, no.

José Luis Rondán