El diario estadounidense The Washington Post pidió ayer una investigación internacional sobre el probable asesinato de los disidentes cubanos Oswaldo Payá y Harold Cepero, a la luz de las recientes declaraciones de Ángel Carromero, el joven afiliado del Partido Popular que conducía el coche en el que ambos viajaban cuando sufrieron el accidente que, según la versión oficial de La Habana. Carromero ya adelantó a Rosa, la hija de Payá, que se vio obligado a declarar ante las autoridades cubanas lo que ellas le exigieron. Ahora ha contado cómo sucedieron de verdad los acontecimientos, y es el relato de una auténtica pesadilla.
El coche que conducía el joven español fue seguido por varios vehículos, hasta que uno lo embistió por detrás. En ningún momento circularon a velocidad excesiva, por consejo precisamente de Oswaldo Payá. Tras la colisión (que no accidente), Carromero fue llevado a un hospital civil, pero estuvo constantemente vigilado por militares. Se le aplicaron sedantes por vía intravenosa sin que él supiera exactamente por qué, y lo hicieron en tal cantidad que él les achaca sus pérdidas de memoria. Le pusieron delante una declaración, sin relación alguna con lo sucedido, y le amenazaron con tener serios problemas si no la hacía suya. Tras su paso por el hospital, fue trasladado a una prisión, incomunicado y recluido en una celda sin ventanas ni baño, repleta de insectos, en la que languideció todavía drogado. Fue entonces cuando le grabaron en un vídeo que el régimen difundió para dar credibilidad a su versión.
La versión de Carromero cuadra con los mensajes de texto enviados por él y por el cuarto acompañante, el sueco Aron Modig, que fueron difundidos por la familia Payá. La versión oficial del régimen castrista es ya insostenible. Antes de que se produjeran las revelaciones de Carromero, la diputada de Unión Progreso y Democracia Irene Lozano ya había pedido al ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, que promoviera una investigación internacional para aclarar este suceso tan triste. La reacción del ministro fue indigna de un gobernante: trató de responsabilizar a UPyD de la suerte que puedan correr otros presos españoles en Cuba.
Es evidente que el Gobierno tenía el deber sacar de su pesadilla cubana a Carromero. Pero, ¿qué precio ha pagado por conseguirlo? Oswaldo Payá era ciudadano español y, reconozca o no Cuba la doble nacionalidad, también es el deber del Gobierno hacer lo posible por aclarar las circunstancias de su muerte. Existen indicios muy fundados de que un español fue asesinado por la dictadura de los hermanos Castro. El hecho de que haya en Cuba otros presos españoles o intereses comerciales que puedan sufrir represalias, no puede servir para eludir responsabilidades. España, un país europeo, democrático, económicamente desarrollado, no puede dejarse intimidar por el matonismo de un régimen comunista. A largo plazo, los intereses de nuestro país en la zona se defienden demostrando fortaleza, seriedad y compromiso con la democracia. García-Margallo recordó que fue su grupo el que promovió en Bruselas la Posición Común frente a la dictadura castrista. Bien, hay que exigir que no se dilapide esa herencia, que no se convierta en papel mojado.
Payá era ciudadano español, y esto obliga a España a actuar, por más que Margallo no quiera darse por enterado. Pero Oswaldo era algo mucho más importante que un español: era un luchador, un líder democrático. Una persona que renunció a tener una vida cómoda, que sufrió cárcel, campos de trabajo, persecuciones y ataques. Su talla es equivalente a la de Vaclav Havel en la antigua Checoslovaquia, Aung San Suu Kyi en Birmania, Nelson Mandela en Sudáfrica, Walesa en Polonia, Liu Xiaobo en China, o, sin irnos tan lejos, Gregorio Ordóñez, Fernando Múgica, José Luis López de Lacalle o tantos y tantos militares, guardias civiles, policías o ciudadanos en general asesinados por el terrorismo etarra. Son personas que renunciaron a su tranquilidad por lograr una sociedad con un mínimo de justicia y dignidad. Dignidad y justicia que no eran sólo para ellos, sino para todos. No se puede mirar para otro lado.












